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El carlismo del siglo XIX en el cine español del siglo XX

El cine, desde su nacimiento, ha presentado ante el espectador su propia interpretación de la historia del ser humano, como la novela histórica o la pintura de recreación del pasado. En el caso del carlismo, movimiento político del siglo XIX, no han sido abundante los films que se han aproximado al mismo, aunque no por ello resultan singulares.

La Primera Guerra Carlista (1833-1840) fue el fondo histórico de algunos films como la coproducción hispano-italiana Diez fusiles esperan, dirigida por José Luis Sáenz de Heredia en 1958. En ella, se nos muestra cómo José (el actor Francisco Rabal), oficial carlista de caballería, es apresado por los liberales, los cuales, en Consejo de Guerra, le condenan a muerte bajo la acusación de espionaje. El oficial alega que intentaba atravesar las líneas para ir a conocer a su hijo, recién nacido. El coronel, presidente del tribunal que le había juzgado, le autoriza a marcharse a ver a su vástago, pero le pide su palabra de honor de que regresará para ser fusilado. Así lo hace y queda libre. Su amigo Miguel (Ettore Manni), que había sido también su rival por el amor de una joven vasca, decide presentarse por José, al saber por éste que ha decidido no cumplir con su palabra de oficial carlista. Por ello, Miguel se presenta en el campo enemigo para ocupar el lugar de aquél, donde le esperan diez fusiles para ejecutar la sentencia. Cuando llega al pueblo ocupado por los liberales, un oficial le muestra el cadáver de José que se le había adelantado para salvarle la vida .

El film, basado en un hecho histórico acaecido durante el conflicto bélico, fue un gran éxito de público y de crítica en aquellos años. Indudablemente, su actual visionado nos facilita adentrarnos en la visión cinematográfica del primer carlismo para uno de los más representativos cineastas del franquismo. Así, los oficiales carlistas –y por extensión su imagen popular- aparecen como hombres caballerosos, de palabra, leales, fieles a la amistad, respetuosos con la mujer del amigo, y, aunque puedan tener un momento de duda en sus vidas, acaban siempre imponiéndose su sentido del honor y la fidelidad, prevaleciendo finalmente el heroísmo. En las escasas escenas de batalla que presentó la película, el director supo conducir las simpatías del espectador hacia los legitimistas, sin necesidad de demonizar ni deformar la imagen de los militares liberales. La historia del triángulo amoroso, que ocupa la parte central del film, no restó, sin embargo, protagonismo al hecho militar.

Alma aragonesa, rodada en 1960 por José Ochoa, narró la división que el conflicto civil provocó en algunas familias de Aragón, como en la del protagonista, Juan, que opta por los carlistas, mientras su hermano, casado con Dolores, prefiere combatir con los isabelinos. Cuando Juan acude herido al pueblo, su cuñada , que se encuentra embarazada, le oculta en su casa durante unos días hasta que se repone, pero es denunciada como adúltera por otra mujer, enamorada de su marido. Dolores muere al dar a luz a una niña que, al crecer, mantiene el estigma de su madre, por lo que es rechazada por su padre y las gentes del pueblo. Su tío carlista vuelve de Francia, donde se había exiliado tras la guerra, y al saber lo que ha pasado, decide contar la verdad, precipitando así un final feliz. En este film, la dialéctica liberalismo-carlismo no se situó en primer plano en ningún momento, ya que el contenido dramático predominó en ella. Tan sólo se resaltó el hecho del exilio francés del oficial carlista y la victoria política de su hermano liberal, que ocupa la alcaldía del pueblo durante veinte años, lo cual no era un hecho extraño en la sociedad rural del siglo XIX.

En 1966 se rodó El Primer Cuartel, bajo la dirección de Ignacio F. Iquino y producción de IFI España. En el guión original, el film comenzaba relatando una acción bélica durante los últimos meses de la Primera Guerra Carlista, en donde el duque de Ahumada, al frente de las tropas cristinas, se enfrentaba a unas fuerzas carlistas que resistían heroicamente bajo el mando, hábil y decidido, del capitán Fernando del Castillo (José Suárez), mientras su hermano Gregorio huía cobardemente. Pero, a la hora de montar la película, se eliminaron estas primeras escenas, principiando justo en el final de la guerra, cuando el capitán Castillo se encontraba prisionero en un hospital militar y, de acuerdo con lo estipulado en el Convenio de Vergara, decidía no ingresar en las filas del ejército isabelino y regresar a su tierra natal en Andalucía. El duque de Ahumada le reconoce como uno de los oficiales carlistas con los que más bravamente se ha batido y le cede un caballo para el viaje. A llegar a Córdoba, Fernando se encuentra con la casa y tierras familiares expropiadas por los liberales y su novia casada con su hermano, el cobarde. Pese a todo, Gregorio termina delinquiendo, capitaneando una banda de forajidos al servicio secreto del ayudante del jefe político de la provincia. Mientras tanto, el protagonista es invitado por el duque de Ahumada a formar parte de una nueva institución creada por el Partido Moderado: la Guardia Civil. Tras un periodo de adiestramiento y organización, se le envía a Córdoba, donde logra desarticular las bandas de bandoleros y desenmascarar a los políticos que se encontraban con ellos .

El análisis de esta film, en relación con el carlismo, resulta muy significativo, pues se aprecian las consecuencias económicas y familiares que tuvieron que soportar aquellos españoles que decidieron tomar una abierta postura a favor de Carlos V de Borbón y cuyos bienes se encontraban fuera de las zonas ocupadas por el ejército legitimista durante la guerra. Igualmente, resulta clara la visión que el régimen franquista quiso ofrecer a los espectadores sobre algunos hechos de la primera carlistada, como la valía de los militares, hombres que –aún separados por las banderas liberal y carlista- se reconocen mutuamente como caballeros y españoles, colaborando conjuntamente en el gran proyecto de la Guardia Civil, homenajeada durante el film.

Si bien no existe ningún film ambientado durante el largo período del carlismo entre 1845-1868 –salvo La Punyalada-, la Tercera Guerra (1872-1876) ha sido la ocasión bélica legitimista más representada en el cine español hasta nuestros días. La primera película alusiva a esta época fue realizada en Francia hacia 1920, siendo una adaptación de la novela Pour Don Carlos, obra de Pierre Benoit , que contó con la participación de la célebre actriz Musidora en el papel protagonista. El film –centrado en la pasión amorosa de un hombre sencillo por una ferviente carlista- ofreció una imagen negativa del pretendiente Carlos VII, más atento a sus placeres carnales que a su partido y a sus seguidores. Sin embargo, la película no puede ser calificada como una obra maestra del cine mudo, ni por sus características cinematográficas ni por su recreación histórica.

En España, Juan de Orduña se decidió a dirigir en 1954 una de las más famosas novelas de Pío Baroja: Zalacaín el Aventurero. Narró la vida de un muchacho que rivalizó desde la infancia con otra familia de su pueblo natal, especialmente con el vástago de su misma edad, llamado lógicamente Carlos, al pertenecer a una familia carlista. El abuelo de Zalacaín, al estallar la guerra, le aconseja que no se incline ni por los liberales ni por los carlistas, sino que se aproveche de la situación comerciando con ambos lados para, de esta manera, enriquecerse. El protagonista sigue al pie de la letra el consejo y se dedica a traficar, aconteciéndole una serie de aventuras, mientras su rival logra incorporarse como oficial al ejército legitimista. A lo largo de varias aventuras, Zalacaín conoce a tres muchachas, una carlista –hermana de Carlos-, otra hija de un general liberal y la última una de las amantes del Pretendiente. El protagonista morirá en su enfrentamiento con su rival y las tres mujeres guardarán siempre la memoria y el amor de Zalacaín, depositando tres rosas en su tumba todos los años, final diseñado originalmente para el film.

Si bien no aparecen malparados los carlistas, resulta necesario subrayar que no se muestran demonizados los liberales en esta película. Al contrario, se desliza una suave crítica a los personajes legitimistas, como Carlos, el mal encarado rival de Zalacaín, representado como un hidalgo engreído y celoso de su sangre nobiliaria. La visión que, además, se ofrece de Estella –la capital carlista- tampoco resulta muy halagadora, pues se muestran varios locales de juego, impensables entre quienes defendían la pureza de costumbres y la moralidad católica, uno de los cuales es regentado por una mujer, Linda, de la cual un personaje describe como “la persona con más influencia en la corte de Carlos VII”, aludiendo a las pasiones amorosas del Pretendiente –casado con la princesa Margarita de Parma- lo cual es históricamente cierto.

Una pequeña alusión a esta guerra aparece en una de las más populares películas de los años cincuenta: ¿Dónde vas Alfonso XII?, filmada en 1958 por Luis César Amadori. En una escena, la infanta María de las Mercedes, en su escuela, conversa con una monja que le trasmite noticias de su novio, comunicándole que el rey Alfonso ha abandonado Madrid el cuarto día de su entrada para ponerse al frente del ejército del Norte en lucha por reducir a los carlistas. A continuación, se ofrece al espectador una alegre reunión de soldados carlistas cantando frente al fuego, aludiendo a doña Margarita y a la futura entrada en la capital. Los cantos son escuchados por Alfonso XII que, saliendo de su tienda, pregunta a su ayudante qué son los guiris a los que aluden los carlistas. El militar le responde: “Guiris somos Vuestra Majestad y yo: liberales”. El rey le contesta “¿Y por qué ese empeño en matarnos todos? ¿No sería mejor que nos abrazásemos como hermanos?”. Inmediatamente, como si los carlistas hubieran escuchado las palabras del monarca –que podían aludir a un nuevo Pacto de Vergara- el campamento liberal es bombardeado y se despliega la caballería alfonsina. A continuación, la acción da un salto a París, donde la destronada reina Isabel II comenta a su cuñado, el duque de Montpensier, que Carlos VII ha cruzado la frontera con sus generales, finalizando la guerra, pronunciado su famosa frase “Volveré”. A lo cual, su principesco cuñado responde que con Antonio Cánovas en el poder ni ella, ni él ni el pretendiente van a volver nunca a España.

Tras la instauración de la Monarquía democrática, en pocas ocasiones el carlismo volvió a ser eje de algún film. En 1989, bajo la dirección de Jordi Grau, se rodó La Punyalada, película basada en una de las más famosas novelas del escritor catalán Marià Vayreda y Vila ( 1853-1903). Natural de Olot –donde vivió y murió- participó en la Tercera Guerra Carlista, formando parte, en los últimos meses, del estado mayor del general Savalls. El film se estrenó tanto en la gran pantalla como en la televisión autonómica, mediante una miniserie de tres episodios de una hora de duración. Fue rodada en la Alta Garrotxa, provincia de Gerona, el escenario natural donde desarrollaron su acción ciertas partidas de trabucaires tras la Primera Guerra Carlista. Efectivamente, en el Principado de Cataluña, la paz no fue sellada adecuadamente, por lo que la difícil posguerra fue testigo del fenómeno del guerrillero rural. Las partidas de trabucaires fueron engrosadas por hombres que habían permanecido escondidos en el monte, que no habían conseguido o querido integrarse a la vida ordinaria, que ensayaban nuevas insurrecciones carlistas o, también, que veían en el bandolerismo de apariencia política una forma cómoda de medrar. Los personajes de la novela de Vereyda que, emigrados a Francia tras la carlistada volvieron descolocados a su país, basculando entre la reintegración social y el mantenimiento de la excepcionalidad guerrera, constituyen unos buenos ejemplos.

José María Tuduri dirigió dos películas ambientadas en la guerra carlista de 1872-1876: Crónica de la segunda guerra carlista (1988) y El cura de Santa Cruz (1991). Entre todos los cabecillas legitimistas sobresalió, sin ninguna duda, tanto por sus acciones bélicas, como por el proceso bipolar de diabolización-mitificación al que ha sido sometido desde el mismo inicio de sus correrías hasta hoy, el cura Santa Cruz. Manuel Ignacio Santa Cruz Loidi (1842-1926), párroco de Hernialde, inició con el estallido de la Gloriosa Revolución de 1868 una actividad febril a favor del carlismo. Detenido en octubre de 1870, consiguió fugarse, reapareciendo con motivo del movimiento insurgente de abril de 1872. En agosto volvió a ser hecho prisionero, pocos días después de atacar y apoderarse, a la cabeza de una pequeña partida, de un convoy de armamento que se dirigía de Mondragón a Vergara. Las acciones de este sacerdote, con su bandera negra en la que figuraba la inscripción “Guerra sin cuartel”, se convirtieron en una pesadilla para las tropas leales al gobierno en Guipúzcoa, pese a que en los momentos álgidos su partida no llegó a contar más que con unos centenares de miembros. Fue Santa Cruz, según ha escrito José Extramiana, el que llevó a la perfección la guerra de guerrilla. La fotografía que Ladislas Konarzewski le hizo a principios de abril de 1873 en Vera de Bidasoa junto a nueve de sus hombres, que acabaría por convertirse en una de las más difundidas de la guerra y base de numerosas litografías, nos muestra la estampa de un hombre joven, que no ceñía sable ni revólver, pero estaba rodeado de sus fieles compañeros de armas y fatigas, igual que lo intentó con éxito la película de José María Tuduri, interesante a la hora de analizar los procesos de mitificación del personaje.

A finales del siglo XX, la temática carlista se recuperó, aunque nuevamente de forma colateral, en la primera película de Julio Medem: la premiada Vacas (1991). Historia de conflictos, pasiones y relaciones entre dos familias vascas y carlistas a lo largo de tres generaciones tanto de hombres como de vacas. Desde 1875 hasta 1936 para esas generaciones de campesinos carlistas la vida pasa escribiendo con cuchillo su ternura y su crueldad, su romanticismo y su locura ante la mirada sin juicio de la Txargorri, la Pupille y la Blanca, las omnipresentes vacas. En la primera parte, situada en el frente de Vizcaya en 1875, el sargento Carmelo Mendiluze se encuentra con el soldado Manuel Irigibel, su vecino de caserío, en las trincheras carlistas. Comienza el asalto de los liberales y Carmelo muere, mientras su rival finge estar muerto con su sangre, escapando posteriormente, mientras una silenciosa vaca es mudo testigo de su cobardía. En 1905, los hijos de ambos acentúan su rivalidad, aunque también surgen historias de amor, mientras el superviviente de la guerra sobrevive atormentado por sus propios actos. Nace un niño, nieto de dos carlistas, como consecuencia de las rivalidades y el amor entre ambas familias, que, con el estallido de la Guerra Civil, morirá fusilado junto a su hermanastra -con la que establece una relación incestuosa- cerrándose el círculo de sangre y amor que había comenzado en la última guerra legitimista.

El lector interesado puede acudir a:

CASTRO, Mercedes y otros (2007), La Historia de España a través del cine, Madrid, Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación.

MORAL RONCAL, Antonio Manuel (2002), “Cine y docencia universitaria de Historia Contemporánea. Un caso concreto: el carlismo” en FORCADELL, C. y otros (Coords.), Usos públicos de la Historia, vol. II, pp. 721-730, Universidad de Zaragoza.

VERDERA, Leoncio (1995), Lo militar en el cine español, Madrid, Ministerio de Defensa.

VV. AA. (1999), Ficciones históricas. El cine histórico español, Madrid, Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas.