LA ZURDA

A propósito de La “Semana sangrienta” de julio de 1931 en Sevilla de García Márquez

El activo historiador José María García Márquez, toda una autoridad en el conocimiento de la Historia de la sublevación en Sevilla y de la represión brutal que padeció su población, como lo acredita un corpus bibliográfico con muchos y esclarecedores títulos, ha publicado en la editorial sevillana Aconcagua el libro La “Semana sangrienta” de julio de 1931 en Sevilla. Entre la historia y la manipulación. La obra está prologada por otro historiador fundamental, Francisco Espinosa Maestre.

Se trata de un estudio de unos hechos que terminaron por ser interpretados de tal forma que pasaron a constituir un puntal del argumentario de los sublevados contra la República en 1932 y en 1936. Dichos hechos tuvieron lugar en el verano del primer año de la Segunda República en Sevilla. Si el mes de julio de 1909 fue intenso en Barcelona, el de 1931 lo sería en la ciudad andaluza.

García Márquez ha hecho una intensa investigación a pesar de que el libro no tenga muchas páginas. El autor ha intentado acercarse a estos primeros momentos del nuevo régimen republicano desde una perspectiva distinta con otras fuentes, porque el objetivo es devolvernos un pasado robado, manipulado o silenciado por el franquismo en relación con lo que fue la Segunda República, y en este caso, en una ciudad y una provincia de la importancia de Sevilla. La represión ejercida en aquella semana de julio de 1931 fue un ensayo, extremadamente violento, de lo que vendría después, y ejercido por los mismos que conspirarían contra la República. Y las víctimas de la primera represión y de la que se generaría después también serían las mismas, es decir, los obreros y las obreras.

Para entender lo que pasó en ambos meses de julio, y de los conflictos políticos generados en Sevilla no se puede dejar de acudir al análisis de la situación socioeconómica, algo que el franquismo obvia por interés propio. García Márquez nos ofrece claves importantes, en el marco de la historiografía de los últimos decenios para acercarnos al conocimiento de esta parte de la Historia de España, en realidad, tan poco y mal conocida, precisamente por el establecimiento de la dictadura.

En primer lugar, hay que recordar la situación de los jornaleros sevillanos y andaluces. En Sevilla había más de cincuenta mil parados, por cien mil en toda Andalucía al llegar la República. Eran parados que no tenían modos de vida alternativos ni coberturas sociales para subsistir, ellos y sus familias. Las malas cosechas de aceitunas y cereal agravaron aún más la situación. Por eso, las nuevas autoridades tuvieron que tomar medidas urgentes, de choque, y que fueron duramente combatidas por la patronal, dejando claro ya que los grupos dominantes no iban a ceder ante los cambios que se avecinaban. Además, veían con pavor el incremento de la movilización obrera, ya que al establecerse nuevas libertades los trabajadores sevillanos, como el resto de andaluces y españoles, acudieron a las organizaciones sindicales, tanto de signo socialista como anarcosindicalista para emprender reivindicaciones, e imprimir un mayor ritmo que el que tenían las autoridades republicanas para revertir una situación angustiosa.

Así pues, la Sevilla de 1931 era la de una ciudad y una provincia donde un porcentaje muy alto de su población vivía en unas verdaderas condiciones de miseria, con paro (también en el ámbito urbano, especialmente en el sector de la construcción), salarios bajos en el caso de contar con un trabajo, y habitando viviendas insalubres. Este clima fue propicio para el incremento de la movilización (huelgas), pero también para la existencia de la delincuencia. Ambos fenómenos solían ser combatidos con una violencia institucional desproporcionada, heredada del pasado. Esta situación de penuria y movilización no era nueva en 1931, se venía viviendo desde la época de la Gran Guerra.

En este sentido, el autor ha realizado en varias obras un exhaustivo análisis comparativo de los datos de la violencia político-social en Sevilla tanto en la transición al régimen republicano, como en la Segunda República, y posteriormente en el primer franquismo, desmontando los mitos fabricados por la dictadura, como también los del anticlericalismo popular.

En relación a lo estudiado monográficamente en el libro -la denominada “Semana Sangrienta” o “Semana roja”-, García Márquez parte de la constatación de cómo impactó claramente en los medios. El historiador analiza los sucesos, la represión de los obreros, observa cómo Sevilla fue elegida por Sanjurjo para sublevarse en el verano siguiente, es decir, se trata de un análisis de una situación concreta, pero enmarcándola en un proceso histórico más extenso.

Por fin, este libro se trata de un esfuerzo más en la noble tarea para que los sevillanos y españoles conozcamos mejor todas las facetas de una época intensa, desmontando mitos y terminando con silencios. En este caso concreto interesaba más lo primero, explicar qué pasó, demostrar de dónde procedió realmente la violencia, y de cómo se manipuló lo ocurrido para justificar represiones presentes y futuras, además de para ir fabricando esa idea que sigue presente en amplias capas de la población sobre la República como sinónimo de caos.

La lectura de obras como la que aquí reseñamos nos hacen pensar sobre el carácter y naturaleza de la violencia en la Historia, sobre lo que entienden unos y otros sobre la misma, sobre la violencia de las huelgas, de las quemas de conventos, pero también sobre la violencia de la represión de las fuerzas de “orden”, pero, muy especialmente, sobre la que se ejerció sobre amplias capas de la sociedad, como los jornaleros y albañiles sevillanos y sus familias, que padecían secularmente una situación de verdadera miseria.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.