Nunca la capacidad productiva de la humanidad había llegado a la que ahora poseemos. El viejo mito de conseguir la suficiencia productiva y acabar con la escasez hace ya hace unas décadas que se logró. El maquinismo, el desarrollo tecnológico avanzando en proporciones geométricas, nos ha dado la posibilidad de sostener dentro de los límites de la dignidad a la totalidad de una población que se ha multiplicado por diez en los dos últimos siglos. Sin embargo, la teoría económica, las estructuras sociales, el pensamiento político y los valores morales sólo se han desarrollado en proporciones aritméticas. Nunca ha habido en la historia de la humanidad tanta gente pobre y socialmente excluida. Dos miles de millones de personas sobreviven por debajo de los límites de la pobreza, y el hambre sigue siendo la principal causa de mortalidad del planeta. En nuestro mundo, como nunca en la historia, conviven en un contraste brutal niveles de riqueza sin parangón, con digna miseria de otros siglos, o aún peor. La falta de equidad, la desigualdad extrema y creciente es el concepto que mejor define en los últimos cuarenta años, en una progresión que no parece tener límites, como tampoco parece tenerles la capacidad de aceptación cultural que se ha ido generando al respecto, como si la injusticia social fuera algo consustancial a la condición humana. La pobreza ya no es algo vinculado al subdesarrollo de amplias capas del planeta, como quizás era el retrato de la era colonial y poscolonial, sino que es una condición que se da, aunque en proporciones variadas, en todas partes sea cual sea el nivel de desarrollo global del país o el papel desempeñado en la distribución global de la producción.