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(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)
Busto de Leonard Woolf. / Wikipedia. Busto de Leonard Woolf. / Wikipedia.

En su descomunal autobiografía, Leonard Woolf establece un balance negativo, de sus años de batallas políticas, pero lo hace con ese humor típico de los ingleses.

Nos explica que a sus 88 años, si vuelve la vista atrás, los 57 años de su trabajo político en Inglaterra, los fines que quería alcanzar y los resultados de los mismos, meditando sobre el destino de la Gran Bretaña y el mundo, desde 1914, piensa que él ha fracasado. “El mundo – escribe – sería exactamente el mismo, si el se hubiera dedicado exclusivamente a jugar al ping-pong, en lugar de trabajar en comités y, escribir libros sobre política”.

Se confiesa a sí mismo y a sus potenciales lectores, que debe reconocer el horrible hecho, de que ha trabajado entre ciento cincuenta mil y doscientas mil horas, que no han servido absolutamente para nada.

Después de la brutalidad y la locura de Hitler, las masacres de Stalin, de europeos que no odian la imbecilidad y el salvajismo del maoísmo, sino que glorifican la “mágica” revolución económica; americanos que envían astronautas a la Luna, mientras llevan a cabo en Vietnam, una estúpida guerra, sangrienta e inútil; después del final de las colonias, Pakistán y la India envueltos en conflictos que no tienen sentido alguno; la brutalidad primitiva del apartheid en África del Sur y en Rhodésia; la guerra sin fin entre Árabes e Israelitas; el caos, la sangre, la dictadura en los países de África, que han conseguido su independencia… Leonard nos confiesa que siente un inmenso dolor, que es al mismo tiempo decepción, horror, malestar y asco…

Pero yo, y supongo que otro muchos, nos alegramos de que Leonard, partidario de Víctor Hugo y Spinoza, no se haya contentado con jugar al ping-pong. Y las últimas líneas de su autobiografía, nos ayudan a comprender, como uno se puede mantener en pié, a pesar de la inconformidad y la decepción:

“He tenido toda mi vida, la firme convicción, de que el mundo funciona en dos niveles diferentes y, siempre he permanecido fiel a dicha convicción. ‘Sub specie aeternitates’, bajo la mirada de Dios, o mejor dicho, del universo, lo humano no tiene absolutamente importancia alguna. Pero en la vida de cada uno, la humanidad, la historia, la vida político social y, otras varias cosas, sí tienen mucha importancia: las relaciones humanas, el placer, la verdad, la belleza o el arte, la justicia y la clemencia. Todas ellas son la razón por la cual, un hombre juicioso, que toma las armas para el combate, podría decirse a sí mismo: ‘Hoy estas cosas tienen una importancia enorme, pero mañana y, en la eternidad, no tendrán ninguna’. Aunque todas las cosas que he intentado hacer en política, hayan sido del todo ineficaces, personalmente, siempre me ha parecido justo y fundamental, no permanecer jamás pasivo. Incluso si, en el fondo de mi, sabía que todo lo que hacía, no cambiaría nada. Todo esto equivale a decir, que estoy muy de acuerdo con esta frase de Montaigne, el primer hombre realmente civilizado que existió: “Es el viaje lo que cuenta, no su final”.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

 

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