Porqué además de escéptico, soy agnóstico
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Opinión
Una de mis filósofas favoritas es, como muchos sabéis, Hannah Arendt. Y siempre me ha sorprendido mucho, que su tesis doctoral, fuera sobre San Agustín, “El concepto del amor en san Agustín”. Así que hace unos días, me puse a leer, un poco a voleo, trozos de san Agustín de Hipona. Y ahora comprendo aún menos, la afición por él, de Arendt. Todo lo que hacemos por voluntad propia – escribió san Agustín – es contrario a Dios y malo. Todo el bien que hacemos es obra de la gracia que, como el mismo término indica, es inmerecida, es un don ofrecido libremente, que tiene la particularidad, de que rechazarlo no está en nuestro poder. Me parece una imagen del mundo espeluznante: a no ser por la gracia de Dios, todos moraríamos (merecidamente) en el Infierno. Pero Dios, siguiendo su propio criterio, hace (inmerecidamente) partícipes de la felicidad eterna a algunos. Su elección, la de Dios, no depende para nada de los elegidos, es una decisión divina libre, cuyos motivos no podemos ni entrever.
A pesar de ello y, siempre según san Agustín, disponemos del libre albedrío, porque cuando Dios nos otorga gratuitamente su gracia, no sólo hacemos el bien, sino que tenemos la voluntad de hacerlo y, cuando carecemos de su gracia, hacemos el mal deseosos de ser malhechores. Nadie tiene nada por sí mismo, a excepción del pecado y la mentira. Caímos por voluntad propia, pero solos no seremos capaces de levantarnos. Si Dios ayuda a unos y los conduce con mano certera, hacia la salvación, mientras que a otros los abandona en la podredumbre y la perdición, la humanidad se divide en dos sociedades o ciudades:
La ciudad terrenal, habitada por todos los que permanecen, bajo el dominio de su propia concupiscencia, aman lo mundano, e, inevitablemente, caen en las garras de Satanás, incluidos los muertos y los nonatos, desde el día de la creación, hasta la consumación de los siglos.
Y la ciudad de Dios, habitada – tanto en el pasado como en el futuro – por quienes Dios ha elegido, desde siempre, para la salvación. Antes del día del juicio final, unos y otros viven revueltos y, toman parte en los mismos asuntos mundanos, sólo que para los primeros, los bienes terrenales en sí mismos, son el objetivo, mientras que para los segundos, sólo son el medio para entrar en el reino de Dios. Caín pertenecía a la primera ciudad, Abel a la segunda.
Y muchos nos preguntamos: suponiendo que todo lo que hacemos por voluntad propia, sea malo y, todo lo bueno lo hagamos, en virtud de la irrechazable gracia divina ¿es posible mantener la idea de libre albedrío, sin incurrir en contradicciones? ¿Puede creer en la justicia divina y, no caer en una contradicción, aquel que admite que Dios, no solo es el soberano absoluto de la existencia, sino que elige entre sus súbditos humanos, a los que irán al cielo, dejando a los demás, a merced de su propia corrupción y, que su elección no tiene nada que ver, con los méritos de los elegidos?
Lo que es y debe ser, existe; lo que es, pero no debe ser, no tiene existencia. Esto, interpreto, es lo que parece decir san Agustín, hablando de la negatividad del mal. Sería lo mismo, a mi parecer, que decir que el bien y las cosas buenas tienen existencia y, también la tiene las cosas corrompidas, pero no la corrupción en sí ¿Hay alguien que lo entienda?
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.