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Más allá de la contienda


  • Escrito por Luis Méndez
  • Publicado en Opinión
(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Los grandes intelectuales han sido sustituidos por propagandistas mediocres. Es el sino de una cultura que se ve absorbida por el gran capital. Y como el gran capital es uno en sus intereses, la voz de esos propagandistas es unívoca en sus contenidos, sin matiz posible alguno. Sin matiz, sí, cuando la riqueza de la verdadera cultura es su polimorfismo, su capacidad polifónica, sus propias contradicciones. ¿Cómo desarrollar un pensamiento dialectico en una cultura en la que no hay posibilidad de antítesis? ¿Cómo llegar a una síntesis evolucionada cuando la tesis se abre camino a codazos, arrojando por el precipicio a las opiniones discordantes?

Seamos precisos, no es que no haya grandes intelectuales en nuestra cultura; por supuesto que los hay, pero apenas tienen audiencia. ¿Quién le puede quitar el puesto a una de estas estrellas parlantes que de repente se convierten en expertos de lo que ignoran? Y todo porque los focos sólo admiten dos zonas, una cegadoramente iluminada en el plató, y otra sumida en una oscuridad espesa, intranspasable, en el mundo.

Nos viene a la mente la figura de Romain Rolland, premio Nobel de Literatura. Su postura fue muy difícil. Se empeñó en defender la paz en un periodo de guerra fanatizado. La verdad es que no era fácil explicarle al francés que no podía participar en una masacre bélica que él preveía tendría millones de muertos. No era fácil porque Europa había caído en una trampa en la que casi todos se convirtieron en culpables. En esa guerra entre imperios, ¿cómo decirle al propio soldado que no combatiera, que dejara que otro invadiera su territorio?

Él, como intelectual, amaba tanto a la cultura francesa como a la alemana y no soportaba imaginar que ambas se degradarían y destruirían mutuamente. Pero se quedó sin amigos. Perdió tanto a los del lado francés como a los del lado alemán. Los intelectuales cambiaron de profesión y en vez de la pluma esgrimieron el sable.

Las trampas que le lanzaban eran fáciles: ¿qué hacer si el enemigo te ataca? Él sólo podía responder una cosa: que los intelectuales debían hacer su labor civilizatoria de paz y los militares su labor de defensa de la patria.

Eso es fácil de decir, se dirá. No tan fácil sin mucho valor. ¿Imaginan la presión de la calle desinformada, el insulto de los vacíos, el oportunismo de los demagogos que carecen de principios y que según convenga estarán por la paz o por la guerra porque no les importa el país sino su imagen y cartera? ¿Imaginan lo doloroso que debe resultar que los ignorantes enfaticen lo evidente porque desconocen lo complejo?

Él sabía que esa guerra, la primera mundial, sólo beneficiaría a los oligarcas de un lado y otro de la frontera, al precio de la sangre de los de siempre. ¡Cómo se frotarían las manos aquellos que no habían podido vencer a su talento! ¡Esta es la nuestra, traidor!

En “Más allá de la contienda” dice: “Un gran pueblo asediado por la guerra no sólo ha de defender sus fronteras, sino también su razón. Tiene que salvarla de las alucinaciones, de las injusticias, de las necedades que desencadena esa plaga.”

Ya antes, en Los lobos, había defendido a un Dreyfus, militar e inocente, acusado de espionaje y de traición. Una vez más, el racismo y los intereses mezquinos se unían para denigrar a la verdad. Afortunadamente, tras cuatro años de encarcelamiento inhumano, su inocencia se pudo demostrar frente a aquellos que durante un tiempo habían poseído el monopolio de la verdad, unidos tribunales, medios de comunicación y testigos falsos.

Otro intelectual olvidado o desconocido, Emile Zola, compañero en la defensa de Dreyfus, autor del famoso Yo acuso, vaticinó que “Si callas la verdad y la entierras debajo de la tierra, crecerá y se acumulará un poder tan explosivo que el día en que estalle a través de ella explotará todo en su camino”.

¿Es esa la explosión que buscamos? ¿Hemos de admitir “su verdad”, como ahora se dice, sin posibilidad de confrontar otros argumentos? ¿Hemos de creernos alucinaciones que nada tienen que ver con la realidad de la historia, y que en sus hechos históricos se contradicen a sí mismas según convenga a unos pocos? ¿No sabemos ya qué son cosas como la injusticia, los precedentes, las causas, los efectos, las consecuencias impensadas? Que se diga lo que se quiera, pero que no quieran convencernos con necedades que desencadenan plagas.

Hoy, más que nunca, las profesiones de historiador y de periodista son fundamentales. Pero enunciadas así, en singular. Cada historiador y cada periodista ha de ser responsable de su propia opinión, divergente o convergente, pero propia, singular. Con sus matices, con sus reservas, con sus dudas, con sus hipótesis. Y nada de esto se ve desde hace décadas. Hemos perdido el sentido de la antítesis y cerrado el paso a la necesaria síntesis. ¿Les ha invadido a esos profesionales la pereza, el miedo, la incapacidad? ¿Ya no existe el orgullo de la profesión? ¿Qué hacen esos teleñecos de carne y hueso sustituyéndolos, robándoles el espacio, la profesión, la vocación? ¿Tan de escenario es nuestra realidad que el espectáculo se conforma con sucedáneos baratos?

Para ser un Romain Rolland o un Emile Zola no hace falta tanto talento como conciencia. No callemos la verdad, no la enterremos bajo tierra. Los extremistas nunca han llevado a buen sitio.