¿Estamos en un final de etapa?
- Escrito por Ana Noguera Montagud
- Publicado en Opinión
El aumento de la ultraderecha, que está ocurriendo de forma generalizada en casi todo el mundo, salvo excepciones, es una tendencia hacia lo que podría suponer el final de las democracias liberales.
¿Podrá resistir la democracia el paso de gobernantes ineptos o egoístas, dispuestos a recortar el Estado de Derecho y privatizar todos los bienes comunes, y que además utilizan los mecanismos democráticos para desarticular la libertad de expresión razonada y objetiva?
Quizás podríamos seguir pensando que es una crisis pasajera, aunque dure largo tiempo, y que se debe tan solo a la decepción, el escepticismo, la falta de confianza en los políticos, la incertidumbre hacia el futuro. Sin embargo, hay dos factores que apuntan a un cambio de paradigma político con todos los efectos desastrosos que ello provoque.
En primer lugar, una serie de elementos que, inducidos por el propio sistema democrático, están contribuyendo a su destrucción desde el interior. Destaco como más significativos:
- Una negatividad sobrevalorada que se confunde con la libertad de expresión. Se ha convertido en algo habitual, incluso normalizado, hablar siempre mal de los gobiernos, de todos los responsables públicos y de todos los políticos sean quienes sean, sin excepción. Esa negatividad que además huye del razonamiento y los datos objetivos, de la confrontación dialogada de posiciones, destruye la capacidad de hablar de forma serena, aunque sea enfrentada, entre la ciudadanía.
- Una polarización constante, no solo a nivel político, sino social, incluso familiar. La política ya no es un tema que se hable en la familia, porque provoca desencuentros radicales. Esa polarización conlleva crispación, insultos, deterioro del otro, y un péndulo constante entre oposición y gobierno, sin tregua.
- Las sociedades democráticas se encuentran divididas en partidos diversos, plurales, al menos así lo vemos en Europa; en cambio, acaban conformándose bloques que dividen a la sociedad prácticamente al 50%. El bipartidismo ha dado lugar al “bibloquismo”: la constitución de dos bloques.
- Sacan pecho los negacionistas y los creacionistas, algo insólito, que contemplábamos como una extravagancia de la sociedad americana, que además practican la conspiranoia para provocar desconfianza permanente. En cambio, ahora se agrupan a nivel mundial, constituyen sus fundaciones o asociaciones, y debaten públicamente en instituciones democráticas como el Senado español cuestiones que atañen las bases democráticas de la razón y los derechos.
- Se ha instalado la posverdad y el dominio cultural de las redes dominadas por sus propietarios. La verdad ya no es un valor. La libertad permite opinar a todos pero no todas las opiniones son iguales, ni siquiera todas son respetables; pero eso ha decaído y triunfa el relativismo y la verosimilitud.
- Está de moda ser “eurófobo”, porque la Unión Europea se ha convertido en la madrastra de todos nuestros problemas, sean lo que sean. Lo más fácil es buscar un enemigo al que atribuirle la culpa y la responsabilidad: ese enemigo es hoy la Unión Europea, a la que se ve extremadamente burocratizada, anquilosada y sin falta rápida de reacción.
- Todo esto nos lleva a una preocupante y creciente “ética del egoísmo” como un nuevo comportamiento social. Lo que antes nos daba vergüenza como atacar al otro, ser xenófobo o machista o misógino, o defender “lo nuestro” por encima incluso de la vida de las personas, se ha convertido en programa político. Y no solo se exhibe sino que quien lo vota lo hace sin rubor ni vergüenza.
El segundo elemento es el que continuamente, de forma machacona, presentan desde hace unas décadas las encuestas: que son los jóvenes los que votan más a la ultraderecha.
Seguramente porque les queda lejos la memoria de lo ocurrido en el siglo XX: tanto del horror de las guerras mundiales y sus consecuencias o de la dictadura franquista como de los logros obtenidos con el Estado de Derecho y la democracia política. Lo malo y lo bueno se diluyen en los libros de historia pero ya no son experiencias vividas en primera persona. La democracia se muestra como un sistema ineficaz, burocrático, de parlanchines políticos, y que está continuamente enredado en sus miserias.
Las últimas encuestas así lo demuestran una vez más. De celebrarse ahora las elecciones generales, volvería a ganar el PP, aunque cae de forma considerable. El vencedor de esta crispación y polarización es Vox, como, por otra parte, está ocurriendo en el resto del mundo, salvo excepciones.
Debería meditar el PP y su líder Feijóo si esta estrategia de destrucción continua, crispada, polarizada, de derrocar al gobierno con las peores artimañas le está dando resultado, cuando es Vox quien recoge el descontento y la negatividad, al mismo tiempo que Feijóo como líder cae en valoración por debajo de Sánchez y Yolanda Díaz.
Si estos resultados los analizamos en clave valenciana, el PP debería preocuparse seriamente si se considera un partido democrático (quizás ya ha tirado la toalla porque solo así se pueden entender sus comportamientos, sus alianzas y sus estrategias encaminadas a la destrucción).
9 de cada 10 valencianos piden la dimisión de Carlos Mazón. ¿Y? Pues que el PP y Feijóo han decidido unir su suerte a la capacidad de resistencia de este hombre incompetente, negligente e irresponsable. ¿Quién gana más en las encuestas? Vox.
En la Comunidad Valenciana, por favor no se olviden de ella porque hemos vivido la peor catástrofe en la historia reciente de España, se une el dolor, la decepción, la indignación, la rabia, las pérdidas humanas que podrían haberse evitado, la desolación, la sensación de soledad y abandono, la dificultad de salir adelante (aún están quitando barro de muchas casas), … todo ello unida a la demagogia, la mentira, la manipulación, el populismo, el atrincheramiento político para no asumir responsabilidades.
Y todos los condicionantes anteriores mencionados que causan un escenario muy diferente al que hemos conocido en otras épocas históricas.
Este momento actual no sueña con la democracia, no se ilusiona con un cambio de régimen, no participa políticamente, no confía en sus instituciones.
La utopía democrática puede terminar en una quimera de monstruos que pelean entre sí. Y si no lo remediamos, acabará ganado el más voraz comiéndose a sus propios hijos.
Ana Noguera Montagud
Doctora en Filosofía por la Universidad de Valencia.
Tutora de Sociología en la UNED (Valencia)
Miembro del consejo de redacción de la revista Temas para el Debate, y crítica de libros de la revista Sistema.
Articulista en la revista digital Sistema Digital.
Miembro de las asociaciones literarias Concilyarte y Clave.
Ha codirigido cursos de la UIMP (Valencia)
Miembro de varias ONG Greenpeace, Médicos Sin Fronteras, Cruz Roja, Amnistía Internacional y Fundación Hugo Zárate.
Coordinadora de actos culturales: mesas redondas, presentaciones de libros, encuentros literarios y exposiciones.
Varias publicaciones: artículos de prensa, críticas de libros, artículos de reflexión filosófica, antologías poéticas, novela y ensayo.