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La moviola


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Las recientes elecciones autonómicas en Galicia han sido un magnífico ejemplo del dinamismo de una campaña electoral y sus efectos. Una campaña llena de ritmo y emoción. En términos futbolísticos, ha sido un partido que se ha iniciado jugando en las bandas y no en el centro del campo. Finalmente, yendo a la esencia de las cosas, el partido se resolvió en el segundo tiempo de campaña electoral con un pelotazo hacia la portería desde la banda derecha que levantó las gradas conservadoras. Y fueron a votar. El chute lo tiró el central Johny Nacionalismo y entró gracias a un rebote en larguero independentista.

En Galicia el voto dual ha sido prácticamente irrelevante. Las transferencias de voto entre partidos se han motivado en clave autonómica: optimizar las posibilidades del partido mejor colocado para competir. En este caso, en la izquierda, el BNG. Sin embargo, no responde a una estructura de voto dual, que implicaría la preferencia de un actor político en clave local y otro diferente en clave nacional. No ha ido de eso. Y el cálculo del voto progresista no iba desencaminado. Si la cosa se jugaba con los votantes que participan en regional la concentración del voto podía ir bien.

En ese terreno se alineaban el voto regionalista del Partido Popular (PPG), el voto nacionalista del BNG y el voto autonomista del PSOE (PSdeG), junto a una joven promesa, el jugador local Democracia Ourensana. Los demás partidos, Podemos, Sumar o Vox eran equipos visitantes y no daban mucho juego en las autonómicas. Podían “falar galego” pero las camisetas les delataban. Si esas eran las habas contadas, los equipos locales con posibilidades (PPG y PSdeG) necesitaban votantes cedidos de la liga nacional.

El Partido Popular inició la campaña (como muestran los datos del CIS) con buena motivación regionalista, pero escasa motivación de los seguidores nacionales. Estuvieron peloteando y triangulando el anti-sanchismo, la amnistía y otras bolas nacionales que daban poco juego regional. La cosa andaba en empate, dado que la amnistía no era motivo para ir al estadio electoral y votar. De seguir erre que erre, el PPG erraba.

Sin embargo, en la segunda parte del partido advirtieron que el delantero al que debían partirle la pierna (en sentido figurado) no era Sánchez. Era un jugador local que corría que se las pelaba, BNG de nombre. Y dando un giro de guion, además de anti-sanchismo añadieron dos huevos duros: la amenaza del independentismo y su radicalidad. En definitiva, el riesgo de una empanada gallega con los ingredientes del País Vasco o Cataluña. Y ese pelotazo sí entró. Movilizó de forma diferencial electorado conservador al que las elecciones autonómicas “ni fu ni fa”, pero otra cosa era el independentismo en casa. Ya saben, el BNG y ETA y todo lo demás. El electorado conservador “hizo la ola” en las gradas, subidón de participación: al aficionado regionalista local se unió el aficionado nacional anti independentista y ya tenemos resultado.

En términos del modelo bifactorial, de entre todos los mundos probables, el resultado corresponde con el escenario de fuerte movilización (desde la abstención) asociada al partido que le gustaría que ganase (PP o BNG). Lo curioso es que algunas personas, obsesionadas con el marcador, se pierden el partido. Y este ha sido intenso.

Por último, hay una pena mucho mayor que ser ciego en Granada. Y es abrir los ojos para ver Gaza.

 

Catedrático de Sociología Matemática.

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