A propósito de un macanudo artículo de Rafael Fraguas
- Escrito por Miguel Castro Muñiz
- Publicado en Opinión
Tenía mi padre un amigo de juventudes, quien era marino mercante y radiotelegrafista, y hermano de Nelson e Ida, también amigos de mi padre, todos del habanero poblado de El Cotorro. El marino se llamaba Oslirio.
Cuenta entre mis recuerdos de niñez, contados por mi padre, que Oslirio había tripulado uno de los barcos que transportó soldados cubanos y armamentos a la primera guerra fuera de jurisdicción territorial, en la que participó el aún denominado Ejército Rebelde.
Salvo la jefatura superior, nadie sabía qué destino les esperaba. Corría octubre de 1963, se cumplía el primer aniversario de la crisis de los cohetes. En alta mar y después de varios días de navegación, un comisario político explicó la misión encomendada por el alto mando. Salvo los marinos, ningún soldado sabía dónde quedaba Argelia y tan siquiera sabían de un país así llamado.
Durante el resto de la travesía recibieron clases sobre geografía, historia y costumbres musulmanas del país adonde irían a jugarse el pellejo. Argelia recién había sido descolonizada por Francia, el nuevo gobierno no estaba suficientemente consolidado y el rey Hassan II de Marruecos, aprovechaba para invadir fronteras bajo reclamación secular. Fidel Castro, sin miramientos y sin aún haber zanjado diferencias con la URSS, causadas por la crisis de los misiles, decide enviar este contingente militar, ante el reclamo argelino. (El año anterior, 1962, había enviado un contingente médico; casi todos habaneros).
Envió unos setecientos hombres, casi todos artilleros, con veinti tantos tanques T34 y BMP en las versiones disponibles entonces. Aunque algo olvidado aquel acontecimiento bélico, suele leerse vía Internet, que las tropas cubanas no participaron en aquel enfrentamiento entre Argelia y Marruecos conocido como Guerra de las Arenas. Pero Oslirio contó a mi padre que los cañones cubanos solían disparar a tiro rasante, contra el enemigo marroquí, justo en el momento que paraban para reverenciar a Alá, algo que para los soldados argelinos era impensable y sagrado.
Hassan II se llama a capítulo, firma acuerdo de paz y regresa a sus fronteras. El ejército argelino carecía de blindados y la aparición de los cubanos con aquella técnica heredada de la 2aGM, cambió la correlación de fuerzas.
La promesa de ayuda al Frente de Liberación Nacional databa de reuniones sostenidas en La Habana con el líder Ahmed Ben Bella, en el año de 1961, entonces en guerra contra Francia. Ese año Marruecos apoyó el trasiego del armamento enviado desde Cuba al FLN argelino y en la evacuación de huérfanos y heridos que trasladaban a la Isla. El rey moro pensaba que con la salida de Francia podía recuperar los territorios otrora perdidos, de manera pacífica. La presencia de tropas cubanas internacionalizaba un conflicto menor que podía atraer una escalada de la URSS. Quizás fuera la primera vez que el presidente de los EEUU, entonces Kennedy —quien sería asesinado al mes siguiente—, llamara a la disuasión marroquí y el respeto de las fronteras que había mantenido la Argelia francesa. En junio de 1965, el ministro de Defensa, Houari Boumédiène, derroca por golpe de Estado al presidente Ben Bella y Castro enfurecido, pronuncia discurso de desacuerdo con tono injerencista; al final no tuvo más remedio que echárselo de amigo, en parte presionado por el Movimiento de Países No Alineados. Fue de las pocas veces que reconoció error.
En marzo de 1964 se retiró Cuba del conflicto norteafricano. Desde entonces quedó prohibido el atraco de barcos mercantes con bandera cubana en puertos marroquíes. Contaba mi viejo amigo Edilberto, también marino mercante, que aún en los años 80, si el barco tenía bandera, por ejemplo, chipriota, podía atracar, pero la tripulación con pasaporte cubano tenía que permanecer abordo. Oslirio, el amigo de mi padre, pasó al buque insignia de la flota mercante cubana, el José Martí, y mi padre solía subir abordo, en visitas de recordación de glorias pasadas y jolgorios de juventudes. Y a mí, cuando quise visitar Marrakech, por mi pasaporte cubano, pese a tener residencia permanente europea, me mandaron al consulado marroquí para una entrevista en la que poco faltó para que pidieran meterme en un tanque de ácido y saber si mis huesos eran blancos. A los pocos días me avisaron de que estaba visado, no sin antes recordarme que pasaría a la historia como uno de los primeros cubanos que entraría al reino en más de sesenta años.