Elogio de la serenidad y del valor de la cultura en la política desde la izquierda
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Tribuna Libre
En nuestras investigaciones hemos encontrado un verdadero elogio de la serenidad en política en el periódico socialista, en un número de finales de noviembre de 1927. Intentaremos dialogar, por nuestra parte, con aquel texto en clave actual, seguramente necesitados de que la serenidad se instale en la confrontación política, además del valor de la cultura y la formación en los tan precarios debates del presente.
La serenidad es una virtud fundamental para quienes luchan por un ideal de justicia, y más en tiempos convulsos. La serenidad no puede alterarse ante las dificultades ni cuando un contrincante político ataque a compañeros propios.
Todos sentimos la necesidad de llegar lo antes posible a la consecución de nuestros objetivos, pero, y esto es un aviso para los políticos de izquierda, las aspiraciones inspiradas en ideales de emancipación no hallan jamás el final. Pero, además, los contrincantes políticos consideran que la emancipación solamente es económica cuando, en realidad, lo es, pero también debe ser del espíritu.
Es evidente que los ciudadanos (“obreros” en el texto de 1927) necesitan comer y vestir mejor, disfrutar de una vivienda y de las comodidades de la vida, pero si no se preparaba el espíritu para disfrutar de esas mejoras de orden material no sabrá apreciar su verdadero valor. Para gozar de una vida económica sin agobios es necesario que la cultura sepa comprenderla. Estamos viendo que los valores son fundamentales en relación con los avances económicos. Por eso, desde la izquierda se debería siempre fomentar la cultura con el fin de hacer comprender a la inmensa mayoría que preocuparse de cultivar el espíritu no es un asunto baladí, librándolo de lo que en 1927 se denominaba “malas pasiones” y hoy falta de valores, que impedirían comprender y razonar los problemas de la justicia que a diario se plantean.
En las polémicas que la izquierda se ve inmersa no cabe la grosería ni la violencia.
La mayor parte de la resistencia con que se tropiezan los ideales de la izquierda es consecuencia, partirían de la ignorancia de los que en 1927 se llamaban “enemigos de clase”, y nosotros calificaríamos de la derecha. Su intransigencia ante las demandas o propuestas que se presentan serían por un defecto de educación, por una concepción “falsa” de los problemas de la justicia humana. Y eso era sí porque era fundamental tener esos valores de cultura a los que aludíamos anteriormente.
La ignorancia no se referiría en este caso a ser analfabeto. El problema es que la derecha no conoce lo fundamental, que es el derecho al trabajo y a la vida, en la versión de 1927, y extensible hoy a muchos derechos de la población, como el de la sanidad en el momento en el que escribimos este texto.
Lo importante es que la izquierda entienda en sus valores que no es necesario el odio, que hay que elevarse en el debate, y plantear los problemas de carácter social por encima de las miserias y malas pasiones. Por eso debe discutir serena y juiciosamente. Quien sabe discutir una idea contraria a la suya o tolerar que la propia sea discutida, se convierte en un idealista consciente, capaz de sacrificarse por los demás.
La izquierda tiene que estudiar, prepararse no sólo para defender mejor y más eficazmente sus ideas, sino también para sentir el placer de saber respetar las ideas ajenas.
En fin, estas enseñanzas para la izquierda de finales de los años veinte nos han apasionado, y más en estos tiempos de tanta zafiedad, populismo, medias verdades, tergiversaciones, faltas de respeto y demás. La izquierda debe huir de todo eso, tiene una responsabilidad en la serenidad y la cultura en los debates para intentar transformar el mundo, pero también para cambiar este ambiente zafio.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.