Indalecio Prieto sobre el liderazgo político a cuenta de MacDonald
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Tribuna Libre
En los momentos del primer éxito laborista en el Reino Unido con Ramsay MacDonald como líder, Indalecio Prieto opinó sobre su figura en las páginas de El Socialista, realizando comparaciones con Pablo Iglesias, pero, sobre todo, teorizando sobre el liderazgo político y la política.
Prieto consideraba que, aunque se creía lo contrario había hombres superiores a las ideas, y recordaba que eso ya lo había defendido para el caso de Pablo Iglesias. Cuando un hombre se entregaba a la idea, la vivía, la hacía carne, conseguía superarla, y ahí estaba el viejo líder socialista español. Pero también, Ramsay MacDonald.
Ni el uno ni el otro eran soñadores, un calificativo que se empleaba con un tono de desdén. Ambos miraban a lo alto, pero con los pies muy firmes en la tierra. A Iglesias se le había consagrado como un apóstol, ignorando que sería imposible encontrar entre las últimas generaciones de políticos españoles quien pudiera aventajarla en su fina y perspicaz percepción de la realidad. Si la política era, esencialmente, método, como venía predicando Unamuno, el político por muy lejos que mirase, se despeñaría, cuando cegado por las luminosidades del horizonte ideal, no acertase a ver por donde pisaba.
En conclusión, la política era método y era flexibilidad, y eso no quería decir que fuera abandono o desdibujamiento de los principios.
Esas consideraciones tendrían que ver sobre la interpretación que Prieto hacía de la situación en ese momento del líder laborista.
En primer lugar, había que señalar la fuerza del laborismo, pero aún era mayor el prestigio personal de MacDonald. Sin la fuerza del laborismo él no podría haber accedido al poder, pero sin MacDonald al frente no seguiría aún en el Gobierno. No debía olvidarse el peso en la opinión pública del prestigio personal del gobernante. Por eso durante la guerra habían podido gobernar Lloyd George o Clemenceau. En ocasiones, el área de un partido político, por extensos que fueran sus límites, no constituía una potencia suficiente para gobernar y debe ser complementaba con el prestigio personal del gobernante, capaz de atraer las simpatías de los “elementos difusos”, es decir, de aquellos que no estaban bien definidos políticamente y que con frecuencia eran los que daban o quitaban el poder.
Citaba a Anatole France cuando afirmaba que jamás habría un gobierno popular porque gobernar era caminar irremisiblemente hacia la impopularidad. Pero en Inglaterra el Gobierno laborista era más popular que cuando se constituyó.
Se presentaba a MacDonald como prisionero de conservadores y liberales (recordemos, por nuestra parte, la precariedad del apoyo parlamentario de este Gobierno). Así parecía a distancia, pero si se miraba de cerca y despacio cambiaba la perspectiva de tal suerte que conservadores y liberales parecían los prisioneros de MacDonald. En todo caso, Prieto reconocía que los laboristas no contaban con mayoría absoluta en el Parlamento y por eso no podían imponer su programa. Pero los laboristas lo que estaban realizando era ganar la opinión del país para su obra de gobernantes, una tarea más ardua y difícil que la crítica desde la oposición. Era una confianza que estaban conquistando rápidamente. Además, el laborismo gobernante contaba fuera de sus filas con adhesiones muy valiosas, insospechables hacía unos meses. Por la brecha abierta de las últimas elecciones, MacDonald estaba metiendo lo que podía de las ideas laboristas. Lo que no podía introducir lo dejaba “a la puerta”.
Prieto pensaba que muy pronto llegaría a la política británica un momento cumbre en el que por negarse el Parlamento a la aprobación de un proyecto sustancial, MacDonald pediría a la Corona la disolución parlamentaria y la consiguiente convocatoria de elecciones.
La oportunidad en la elección de ese instante sería verdaderamente decisiva, porque el laborismo aspiraba a tener la mayoría suficiente para implantar su propio programa.
En manos de conservadores y liberales estaba a cada hora provocar la derrota del Gobierno. Cuando no lo intentaban era porque temían las consecuencias. El arraigo popular de MacDonald les hacía moverse con cautela temiendo esa disolución parlamentaria porque podría derivarse en una victoria arrolladora laborista (todos sabemos que eso no ocurrió, añadimos nosotros).
Prieto tenía muchas esperanzas en MacDonald y en el inmediato futuro del líder. Ciertamente, constituyó una figura capital en el salto político que dio el laborismo británico, pero su figura fue mucho más compleja y unos años después generaría no poca controversia en el mismo seno del laborismo. Pero eso no lo podía saber Prieto en septiembre de 1924.
Nuestra fuente ha sido el número del 8 de septiembre de 1924 de El Socialista.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.