Entre el escuchar y el hablar
- Escrito por Juan Antonio Palacios Escobar
- Publicado en Tribuna Libre
Para saber hablar es preciso saber escuchar, así mientras el sabio no dice todo lo que sabe, el necio no sabe lo que dice. Nuestra existencia está llena de arrepentimientos por aquello que no deberíamos haber dicho, por lo que nunca supimos callar, por no haber sabido guardar silencio en un determinado momento.
Nos comunicamos, nos hacemos entender, lanzamos mensajes no sólo a través de nuestras palabras sino que en muchas ocasiones nuestras opiniones se ven reflejadas en nuestros silencios. Hay quienes en su incontinencia verbal sienten la necesidad psicopatológica de hablar por hablar, en una verborrea inútil que no transmite nada.
Este fenómeno no deja de ser una enorme tragedia, y los que la padecen no terminan de entender, que en muchos momento de sus vidas, estarían mucho mejor callados, ya que hablando, demuestran su ignorancia y evidencian su lejanía de la sabiduría, en la que ganan más escuchando y no perdiendo la posibilidad de cerrar la boca y aprender escuchando a los demás.
Quienes van por la vida bajo el síndrome de la inseguridad permanente, necesitan hablar, hablar y hablar, hasta que alguna vez y por casualidad encuentran algo que decir, tal vez porque desconocen lo que decía Ernest Hemingway ."Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”.
Resulta insoportable asistir al lamentable espectáculo de monólogos sucesivos de quienes sólo se oyen a sí mismos, los que son incapaces de conversar, de atender a los otros y repiten hasta la saciedad su opinión sin conocer la nuestra.
En la actividad pública, es muy frecuente que quienes la protagonizan hagan gala de un alarde excesivo de la palabra, y en cualquier momento y en todo lugar son cautivos de sus declaraciones, presos de sus manifestaciones, esclavos de su verbo, ignorando como decía Mile Davis : “El silencio es el ruido más fuerte, quizás el más fuerte de todos los ruidos “.
Encontrar el equilibrio entre lo que debemos decir y aquello que nunca debimos expresar, es siempre complicado y difícil. Tal vez sería conveniente siempre, antes de hablar, saber si no tenemos nada ni a nadie a quien escuchar, en segundo lugar reflexionar si realmente tenemos tenemos algo que proponer, y finalmente, escoger el tiempo para la palabra y el momento para callar.
Hay quienes permanecen mudos para ocultar su vaciedad, mientras están quienes son doctores en hacer la plática más inoportuna, en el lugar más inadecuado, los que resultan babosos hasta la irritación, charlatanes y fanfarrones hasta el dolor de cabeza, pedantes y repelentes hasta quedarse solos.
En el camino nos topamos con frecuencia con los gilipollas e insustanciales hasta el aburrimiento. Nuestras palabras para que comuniquen algo tienen que ser creíbles y adquirir su verdadero valor a través de nuestros propios y elocuentes silencios.
Superar el escepticismo la desconfianza y la incredulidad ante el mensaje de los demás, tal vez esté, no en vestirse con los ropajes de la ingenuidad, sino en abrir bien los oídos, enfocar el horizonte con nuestros ojos y abrir nuestras manos al mundo.
Si escuchamos con atención, quizás lo primer o que tengamos que plantearnos es el aceptar que haya gente mejor que nosotros y a las que podemos llegar a envidiar, pero hay que convertir ese sentimiento en un deseo de igualarles o superarles algún día, desde nuestras diferencias, y si tal cosa no es posible, intentemos ser mejores, aprendamos de ellos.