Respetuosos y petulantes
- Escrito por Juan Antonio Palacios Escobar
- Publicado en Tribuna Libre
Decía nuestro universal Lope de Vega, que el grande y el pequeño eran iguales, lo que duraba al fin y a la postre eran los sueños. Existen, eso sí, personajes que son respetuosos con ellos mismos y el resto del mundo, y otros empeñados en ser el centro del universo, el ombligo del mundo, especialistas en no tener ni idea de lo que se habla.
No son capaces de analizar ningún acontecimiento de la actualidad, ni opinar sobre aquello que sucede en el mundo del que ellos forman parte, pero imbuidos en una retórica vacía y hueca, expresan lo obvio dando a entender que están en posesión de la verdad absoluta y nos miran por encima del hombro como si nos perdonaran la vida, pobres diablos que aparentan sobre todo y no saben ser sino caricaturas, sobre todo de ellos mismos.
En estos tiempos que corren, con aquello del marketing y las promociones publicitarias cualquiera puede pasar por lo que no es: De todos modos descubrir a un impostor no es tarea fácil, solo basta observar de forma continuada y nos encontraremos que el que es un arrogante y un engreído, más temprano que tarde, se acaba delatando y pone de manifiesto su carácter trágico-cómico y su falta de contenido, encubiertos por formulas estereotipadas que intentan disimular sus absolutos pozos de analfabetismo.
Estos pedantes de tres al cuarto, van de intelectuales por la vida, pontificando y dogmatizando, repartiendo etiquetas y diciéndonos a todos y todas si somos o no merecedores de estar a su altura, cuando lo que menos pretendemos y deseamos, por nuestro equilibrio y salud mental, es parecernos a tales engendros insoportables de seres humanos.
Tratan a través de sus opiniones, de influir en nuestra existencia, y quieren ser como faros de Oriente y Occidente que alumbran nuestros destinos, fascinándonos con su verbo y cautivándonos con su literatura rocambolesca que acaba siendo una reducción al absurdo, intentando encontrar la relación profunda entre su experiencia y su permanente frustración.
Resulta curioso lo perturbador de estos individuos, que hacen que los demás sintamos vergüenza ajena sin que ellos se sonrojen lo más mínimo en un constante baile entre el cinismo y la caradura. Son insufribles, incluso cuando en el colmo de su desfachatez se esfuerzan en ir de sencillos, simple y llanamente porque se ven y suenan a falso, y es como si un calvo reluciente se empeñara en mostrarnos su enorme cabellera.
Lo peor de lo peor, es que la solución no es complicada, sino casi imposible, ya que se creen unos monstruos, que están convencidos que la luna se enamoró de ellos nada más verlos, que todos les admiran por su inteligencia, que sólo a ellos se les ocurre la mágica formula que hemos estado buscando durante mucho tiempo.
Son como los idiotas, no son conscientes de que lo son y eso nos lleva a un estado de surrealismo en la relación con estos osados y petulantes, que oscila entre lo provocativo y lo catártico, no saben como decía Seneca que “somos miembros de un gran cuerpo” y que “nadie puede llevar mucho tiempo una máscara” porque al final los maquillajes desaparecen y se descubren las mentiras.
En ocasiones puede resultar paradójico la irresistible ascensión de estos malvados del paisaje, de estos insalubres y sinvergüenzas, pero si no crean problemas acaban reafirmando a sus jefes con la evidencia de su inutilidad. Son revolucionarios de los fastos y los oropoles, y demuestran que siempre hay nuevas formas de adular, halagar y hacer la pelota al jefe, quien les anima a continuar siendo los mejores, porque mientras están estos inútiles, ellos tienen garantizado su futuro.