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Los griegos. Heráclito. X


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

El mundo de la multiplicidad, es un mundo-en-conciencia, un gran “capo de batalla”, si se nos permite la expresión, donde toda existencia nace “de” la discordia y vive “en” la tensión. No obstante, no debemos entender en este contexto la “guerra”, como un fenómeno, exclusivamente destructivo, sino también productivo, ya que procura encuentros e interacciones, entre todos los elementos de lo real, dando lugar al “cosmos”.

Ciertamente, se necesita una intuición penetrante, para encontrar, dentro de la discordia visible, una “armonía invisible”, que introduce la justicia o justeza, en el devenir, no en sentido moral, sino lógico y ontológico, permitiendo atisbar orden y medida, donde no había más que desorden y oposición. Notemos que, a diferencia de Pitágoras, quien defendía el primado moral y ontológico, de unos opuestos sobre otros – según la tabla que nos facilitó Aristóteles – Heráclito entiende, que solo la tensión y, no su neutralización, conduce hacia la verdadera “armonía”. O, dicho de otro modo, la posición heraclítea, trata de escapar de todo antropo-centrismo, de todo mecanicismo, reconociendo que el problema estriba en pensar la “unidad-multiplicidad” del cosmos, sin reabsorber, reducir, ni relegar, uno de los términos en favor del otro, es decir; se trata de comprender, como a partir de la discordia, pueden surgir relaciones, que articulen e integren lo términos contrarios, sin eliminar su tensión. Lo que quiso Heráclito, en definitiva, no fue concebir una unidad, que se precipitara sobre los contrarios para destensarlos, sino una unidad que viviera y se realizara, en la propia tensión, sin evitarla ni silenciarla.

Heráclito atisbo, por otro lado, que en la naturaleza se da, una esencial conexión, entre todos sus componentes, una concomitancia, entre elementos contrarios que se necesitan y, se intensifican mutuamente. La condición de posibilidad de esta relación, es el ”devenir”, horizonte del pensamiento heraclíteo, más que su tema central. Por otro lado, reconocer la presencia del devenir, no significa concebir el cosmos, como una representación absurda o sin sentido, carente de lógica, o sujeta al acaso. El mundo resulta inconcebible sin movimiento, pero también sin permanencia, sin consistencia, sin la posibilidad, por tanto, de algún tipo de existencia; pues toda existencia, presupone la mismidad de aquello que existe, o lo que es lo mismo, su permanencia en el cambio.

De este modo, la naturaleza organizada, esto es, el “fuego siempre vivo, que se prende y apaga según medidas, no es más, ni menos, que un extraordinario complejo de relaciones, que necesita del dinamismo, para mantener su unidad, como el brebaje llamado “kykeón”. Lo verdaderamente destructivo para el cosmos (y para la vida) no es el movimiento, que permite la composición y, estructuración de lo real, sino el aislamiento, derivado de la ausencia de movimiento, de la ausencia de relación.

La naturaleza, en suma, - “inmortal y siempre joven”, como la adjetivó Anaximandro, es un complejo proceso, que se regenera constantemente, por medio de la “dialógica”, entre el “principio de relación” y el “principio de oposición”. En este sentido “oposición y relación”, no son sino las dos caras de una misma moneda, pues se trata de dos elementos correlativos que, en último término, confluyen.

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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