El futuro no está escrito
- Escrito por Juan Antonio Palacios Escobar
- Publicado en Tribuna Libre
El futuro no está escrito pero el pasado si que lo está, aunque cada cual nos lo cuente como le convenga y hemos de aprender a convivir con la ansiedad y saber superar las dificultades. Si no somos capaces de controlarla nos perjudicará.
Tenemos que saber centrarnos en aquellos estímulos y materias que nos proporcionen más recompensa y saber entrenar la capacidad del don de la anticipación, y compartir formas y discursos sin caer en excesos o no establecer con claridad cuales son nuestros límites.
Lo que no nos ha ocurrido, podemos imaginarlo, y escribir sobre ello, arriesgando mucho, pero procurando que nos bloquee. Tal vez esta aventura de construir el futuro nos haga mejores y nos renueve la ilusión por actuar, siendo conscientes de que el mundo ha cambiado.
Si queremos un modelo de mayor productividad sería un error instalarse en el presente y no buscar otras solución. Es la constatación de un fracaso: un sistema que facilita la entrada, genera irregularidad sobrevenida por falta de seguimiento y acaba ofreciendo una expectativa de regularización a posteriori –a través del arraigo-, después de condenar a los inmigrantes a un mínimo de dos años de precariedad e invisibilidad administrativa. No funciona para nadie.
En cuanto al futuro es imposible decir nada, o apenas nada. Solo alguna apuesta como la ficción especulativa. Resulta inevitable y razonable pensar que hay ocasiones y situaciones en las que el político ha de prepararse para el futuro y ser más cauteloso, redoblando su natural prudencia, ante la realidad cambiante, movible y dinámica, a la hora de expresar su opinión, hacer declaraciones sobre los hechos o tomar una decisión con la mayor y mejor información posibles.
El sentido común, que es a veces el menos común de los sentidos, aconseja que sigamos el camino de la reflexión y no del impulso emocional, a la hora de abordar los asuntos públicos, los temas de la polis, los intereses de todos los ciudadanos.
Desgraciadamente y diariamente asistimos a la práctica cotidiana del insulto, la descalificación, la injuria o la ofensa personal, donde debería emplearse el análisis, la rigurosidad, la madurez y la capacidad de diálogo en el intento de solucionar los problemas reales de los integrantes de la comunidad.
La dialéctica política puede ser dura, consistente, inexorable e incluso cruel en ocasiones, lo que no debe ser es la expresión de una permanente locura sin sentido que aparezca como una bufonada individual y colectiva, que entretiene divierte y genera desconfianza en los electores hacia sus elegidos.
Este ejercicio de sensatez, que por obvio y evidente no necesita excesiva argumentación, he de confesar que es el menos frecuente practicado por los responsables de las instituciones y organizaciones políticas, y aunque descender a ejemplos concretos siempre resulta arriesgado y en ocasiones poco afortunado, solo basta observar la realidad para encontrarnos con los mismos.
Ser testigos y víctimas del bochorno cotidiano; entre la vergüenza y el descrédito de una institución, dando de todos una imagen de que además de no merecernos es totalmente injusta, donde la principal distinción que parecen proyectar algunos es situarse fuera del espacio y tiempo adecuados.
Cualquier cosa por disparatada que sea vale, todo sirve para salir en la foto o ser titular de prensa, aunque sea en las páginas de humor y curiosidades. Todos estamos obligados a poder participar e influir en la toma de decisiones, reclamando, reivindicando, denunciando aquello que nos parezca sectario, parcial, arbitrario e injusto parar a disfrutar un futuro mejor.