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Medio siglo sin Russell


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

(Insertamos un trabajo de Emilio Alonso Sarmiento que escribió en 2020 pero que hoy sigue siendo importante)

Ayer hizo 50 años de la muerte de Bertrand Russell.

El primer libro que leí de él, en enero de 1968, fue “Crímenes de Guerra en Vietnam”. Me costó 100 pesetas. De las cuales 40, iban destinadas a una fundación de ayuda al pueblo de Vietnam. Desde entonces, excepto “Principia Mathematica”, que escribió junto a Alfred North Whitehead, creo que me he leído todos sus escritos.

Russell vivió unos años en el barrio londinense de Bloomsbury, hervidero intelectual en los años 20 del pasado siglo. De manera que tuvo cierta relación con el llamado Grupo de Bloomsbury, lugar de encuentro de muchos intelectuales y artistas, que también forman parte de mi biblioteca.

Además de por sus ideas y trayectoria política social, me encanta Russell por su simple figura, sus trajes de corte impecable, su eterna pipa y su atractiva cabellera blanca.

También por su condición de ese símbolo de puente generacional, que siempre suele surgir, en los momentos de ardor revolucionario. Lo hemos comprobado con las veneradas figuras del francés Stéphane Hessel, y de nuestro compatriota José Luis Sampedro (que fue maestro mío y buen amigo) entre los jóvenes del 15-M. Produjeron en 2011 en los jóvenes, el mismo efecto reconfortante y la misma ilusión, de estar en el lado correcto de la historia. El mismo que provocó Russell en Paul McCartney de The Beatles. “Me impresionaba su dignidad y la claridad de su pensamiento”, contó el músico – como nos recuerda Rafa de Miguel – sobre la visita que hizo al filósofo, a principios de los sesenta, para aclarar sus propias ideas, sobre la guerra de Vietnam.

Bertrand Russell fue punta de lanza, de avances que ahora resultan obviedades, como el sufragio femenino, los matrimonios interraciales, la necesidad de una educación apropiada para alcanzar la libertad sexual, las críticas a una religión moralmente opresora, o la abominable amenaza para la humanidad del armamento nuclear.

O también, el indiscutible derecho de cada uno al optimismo y a conquistar la felicidad (releamos su sencilla obra “La conquista de la felicidad”).

Su ateísmo, que yo considero que era más bien agnosticismo, puede que fuera demasiado frío y lógico, ignorante de cualquier necesidad espiritual. Pero su mensaje último, el que nos ha quedado, me parece universal, casi cristiano, diría algún buen amigo. “El amor es sabio. El odio es absurdo. En un mundo cada vez más interconectado, debemos aprender a tolerarnos los unos a los otros”.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

 

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