El primer sorbo de cerveza
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Será cosa de la edad, pero cada vez más aprecio los pequeños placeres diarios. Me he reafirmado en ello, al releer un pequeño gran libro (“La première gorgée de bière”) que arrasó en Octubre de 1997 en Francia, un país que siempre se ha jactado de mimar por igual los sentido y el intelecto.
Ni su autor Philippe Delerm (un oscuro escritor de provincias), ni la famosa editorial Gallimard, que publicó la obra, sospecharon al principio que tenían entre manos, el fenómeno literario de la temporada (más de 300.000 ejemplares vendidos el primer año). Parece que el boca a boca y, sobre todo, la aparición del autor en “Bouillon de culture”, el programa televisivo del gurú cultural Bernard Pivot, lanzaron al estrellato al escritor y su libro. Los críticos y el público se rindieron por igual, al encanto de esos 34 textos que describen pequeños placeres cotidianos.
Bueno, a fuer de ser rigoroso, no es exacto que todo dios quedara encantado. “Es un profundo misterio, el orgasmo en el que este pequeño libro de naderías, ha sumergido, en 1997, a la Francia literaria, escribió P. Assouline en la revista “Lire”. Pero parece que los embriagados murmullos que recorrieron Francia, sofocaron las escasas voces discordantes.
Cargar y fumar una pipa, el sabor del oporto, la buena cerveza, el café, el periódico a primera hora… ¿disfrutamos todos de las mismas cosas? A Luis Magrinyà (el escritor mallorquín) lo cotidiano y las pequeñas cosas le son indiferentes. Para él, el placer que despiertan está conectado con el movimiento “new age”, ese rollo espiritualista y blando.
Le verdad es que los filósofos, por lo que yo sé, llevan siglos intentando ponerse de acuerdo sobre la definición de placer. Así que no debería extrañarnos, que si Magrinyà ignora lo que son pequeños placeres, a la escritora Ana María Moix y al poeta José Agustín Goytisolo (ya desaparecidos) les ocurría exactamente lo contrario: desconocían cuales eran los grandes. “Todos los placeres, desde los gastronómicos hasta los intelectuales, son minúsculos. Cortos pero intermitentes: vuelven una y otra vez. El placer mayúsculo no se ha inventado. Tenemos tendencia a las grandes palabras: amor eterno, bienestar absoluto… Pero eso son cosas para bienaventurados”, aseguraba Goytisolo. Algunos de sus placeres personales eran: Estar tranquilo con su familia, reunirse con amigos, charlar, ver alguna película y leer algún libro. En estos tiempos de inmediatez, de velocidad desaforada, por lo menos a mí, los pequeños placeres cotidianos me desmitifican la premura. Ahora bien, tampoco deberíamos sacralizar esas nuestras pequeñas costumbres, pues el rito establecido, puede llegar a ser un antídoto contra el placer.
Fernando Savater nos explicaba que los grandes placeres, los placeres con mayúscula, nos son comunes a todos, porque brotan de la satisfacción de necesidades compartidas por pertenecer a la especie, es decir, de lo que no hemos elegido ni podemos prescindir. En cambio los pequeños placeres son idiosincrásicos, personales y contribuyen a individualizarnos. El placer de oír música, por ejemplo, es casi universalmente válido en cualquier época y latitud; pero disfrutar con una canción determinada revela una forma de ser y, también, probablemente, que pertenecemos a cierto lugar y a cierto momento histórico. Los grandes placeres, nos igualan en las necesidades de nuestra condición humana, los pequeños descubren los gustos por los que identificamos la felicidad “a nuestra manera”, como diría el gran Frank Sinatra.
Pequeños o grandes nuestros placeres, todos ellos, expresan nuestro amor a la vida, la fuente de nuestra dignidad y el blasón de nuestra nobleza.
Pues eso
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.