Personajes de otro mundo
- Escrito por Juan Antonio Palacios Escobar
- Publicado en Tribuna Libre
No les voy a hablar de personajes de otras galaxias , sino de quienes andan de un lado para otro ,cual lunáticos en busca de su papel en la vida. Se empeñan permanentemente en ser una cosa y ejercen de todo lo contrario, como sino formaran parte de nuestra sociedad.
Parecen que van en una dirección y sin embargo caminan en sentido opuesto , hablan de rectitud y son los más inmorales y corruptos, y se escudan en murallas inexpugnables para ocultar sus vergüenzas e inseguridades. Son de esa clase de gente instalados en la constante estrategia de la confusión, que resulta más alarmante, grave y evidente, cuando el sujeto en cuestión es alguien con una responsabilidad pública, uno de esos actores en busca de un autor con la misión de conseguir que las cosas funcionen y que vivamos mejor.
Estos personajes deberían ser capaces de sintonizar con las demandas y los sentimientos de los ciudadanos y manejar los desacuerdos antes que se conviertan en incomunicaciones y abismos insalvables, e intentar resolver el enigma que nos planteaba Enrique Galeano, para no caer en los nadies, los ningunos o los ninguneados, que ”no tienen nombre, sino número”.
Hacer de sus vidas un ejemplo , ejerciendo una pedagogía desde el ejercicio del poder. Los políticos inteligentes, aquellos que utilizan hábilmente el sentido común y están siempre dispuestos a escuchar la voz del pueblo, saben y entienden que el liderazgo no tiene que ver con el control de los demás, sino con el arte de persuadirles, para ser protagonistas y colaborar en la construcción de un objetivo común.
Mientras aquellos que tienen un concepto personalista y degradante de la política, actúan presos de n narcisismo en el que los demás no existen, salvo en la condición de espejos de si mismos. Alimentan una sensación de ser únicos e importantes, aunque sólo son el envolvente de un vacío de ideas, sin discursos ni proyectos y una ausencia total de ética e integridad personal.
Estos individuos mantienen el manto de la oscuridad sobre sus decisiones y reaccionan a cualquier crítica con enormes dosis de rabia, no comprendiendo que alguien ponga en cuestión su criterio y actuación. Todo lo bueno que ocurre es gracias a él y lo malo siempre es culpa de los otros.
Sus fantasías de éxito, poder y brillo han de ser reforzados continuamente por una corte de plebeyos y bufones a sueldo que le profesan atención y admiración constantes, por ser el señor que les paga. Cuando esto no ocurra, la cosa cambiará, y es en el caso de esta camarilla, no existe un interés más desinteresado.
Dueños y poseedores del cargo que se les ha otorgado por la voluntad popular y en el colmo de su megalomanía, no dudan en eliminar a sus posibles competidores en la carrera hacia el poder, subyugando y dominando a los débiles mediante la amenaza y comprando y utilizando a los otros.
Terminan considerándose imprescindibles, y con ellos no hay futuro posible, ya que acaban siendo devorados por su insaciable y destructible deseo de unicidad, y producen saciedad, cansancio y hastío, en aquellos que deberían estimular la novedad, la ilusión, las ganas de trabajar y el impulso para producir el sato hacia una nueva situación.
El cambio social y político es sano y necesario, es una de las más bellas expresiones de la fortaleza democrática, en la que todos estamos y somos, y en las que aunque nos movamos entre nuestras dudas y perplejidades, no podemos, ni debemos, ni queremos ser rehenes de ningún salvador sin paraíso.
Cualquier acción que emprendamos nos proporciona la oportunidad de redefinir lo que es importante y porque lo es, es una posibilidad para mejorar pero también correr el riesgo de que todo sea peor.