Abrimos y cerramos
- Escrito por Juan Antonio Palacios Escobar
- Publicado en Tribuna Libre
En la mayoría de las ocasiones somos dueños de nuestros pasos y hacia don los dirigimos y en ese deambular, procuramos estar seguros y no caernos, ni emprender carreras innecesarias y procuramos combatir todo aquello que se encumbre bajo el maquillaje y disfraces que nos llevan utilizar los bulos continuamente alejándonos de la verdad y de la autenticidad de nosotros mismos.
Abrimos puertas que no es bueno que permanezcan cerradas y cerramos aquellas que no deberían estar abiertas, y vamos probando llaves, claves y combinaciones, tratando de encontrar la que sea capaz de llevarnos hacia e se tesoro que hemos estado buscando toda nuestra existencia.
Salvando obstáculos. superando batallas que siempre nos colocan al borde del abismo, en el filo de nuestra desaparición, en el inicio de un camino sin vuelta atrás. Gastamos nuestras energías, le robamos horas a nuestro descanso y sueño, para conseguir tener lo que no necesitamos y no nos produce felicidad, entre la cordura y el arrebato, olvidamos que los buenos momentos nos los procuran las pequeñas cosas, el amor y la amistad.
Entre prisas y vísceras nos vemos envueltos en una noria que no para, que nos impide pensar muy bien antes decidir, que no podemos actuar a tontas y a locas, sino con serenidad y sabiendo lo que hacemos, ya que en caso contrario estaremos abocados al desastre y al fracaso, cuando nos habían salido todas las cartas para aprovechar la oportunidad que se nos presentaba.
Mantener la fuerza y el empuje de quien quiere ser un globo hinchado de buenos propósitos, antes que uno desinflado y pinchado que no es capaz de levantar el vuelo, desplegar las velas de nuestras naves para poner rumbo al puerto o naufragar con toda la carga en las bodegas, ser una canción de libertad o un rotulador de censura .
Bailar de alegría o permanecer en la parálisis de la tristeza, ser un liceo ser lanzado, contar para vivirlo o vivir para contarlo, ser innovadores o seguirla corriente, saber hablar y saber callar o inundarnos hasta el aburrimiento con una verborrea inútil: Abrimos y cerramos las puertas de nuestro mundo, se abren con más facilidad si hacemos gala de nuestro buen carácter, que si nos empeñamos en ser y comportarnos como unos verdaderos maestros de la antipatía y el desagrado. Es siempre más rentable, aunque algunos no lo crean, con honestidad que actuar como “chorizos”.
En los tiempos que corren, puede haber ejemplares de la fauna política, que piensen que es absurdo el cumplimiento del deber y el compromiso, que no nos aporta nada, el sentido del honor y el cumplimiento de nuestra palabra, nuestra disposición de servicio a la comunidad y nuestro sentido de la disciplina, dan igual y que la suerte está de parte de los desalmados, los granujas y los sinvergüenzas.
Saber abrir el cerrojo de la tolerancia y del respeto a las ideas el adversario, es pretender ser justo y no sectario, por encima de opciones partidistas, primando la responsabilidad y la integridad, sobre el ganar a toda costa y colocar los intereses colectivos sobre los puramente individuales.
Tener el coraje y la entereza de reconocer los propios errores, es demostrar, no sólo categoría humana y democrática, sino entender que la mejora de cada uno de nosotros es la de la sociedad y que cuentan más los argumentos, los proyectos y nuestra capacidad de trabajo que la imagen personal, las escenificaciones simbólicas y los efectos visuales y sonoros.
Todo grupo humano acaba siendo prisionero de sus palabras y la derecha en esta España de todos ha padecido las mismas obsesiones, cometido los mismos errores y utilizando los mismos métodos siempre. No voy a incurrir en la tentación de hacer un recorrido a través de los últimos siglos de cómo han actuado los conservadores en nuestro País, porque les aseguro que sería un cuento sin fin.
Entre la locura y la indecencia, la esquizofrenia y la falta de ética, nuestro transcurrir por estos mundos, tan determinados por el mercado e influenciado por lo mediático, puede sacralizar o satanizar a cualquier personaje, dándole relieve e importancia al héroe o al villano que todos llevamos dentro.