Bertrand Russell. Sueños y realidades. III
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Las conmociones naturales – escribía Russell – destruyen periódicamente, unos cuantos millones de hombres, mientras que, por su parte, las enfermedades se encargan de barrer prematuramente, a otros muchos. Suele juzgarse que estos acontecimientos, constituyen simples desdichas. Sin embargo, cuando son los hombres mismos, quienes logran causar una destrucción similar, por sus propios medios, entonces hay regocijo y grandes loas a Dios. Y la vía de escape que se ha hallado, para eludir estas conclusiones, pasa por la religión y la filosofía. Cuando pensamos en la humanidad, lo primero que nos acude a la mente, es nuestra propia persona, como representantes de aquella. Tendemos, por tanto, a concebir pensamientos positivos, acerca de ella (la humanidad) y, juzgamos que su preservación es importante.
En la época de Copérnico, no se precisaba de ninguna sutileza filosófica, para sostener la perspectiva antropocéntrica del mundo. El cielo giraba visiblemente, en torno a la Tierra y, en ella el hombre tenía potestad y mando, sobre todas las bestias del campo. Sin embargo, al perder el planeta su posición central, también el hombre se vería derribado, de su eminente peana, haciéndose necesario inventar una metafísica, para corregir las “vulgaridades” de la ciencia. Esa sería la tarea, a la que habrían de dar culminación, quienes más tarde llamaríamos “idealista”, los cuales mantienen que el mundo de la materia, es una apariencia carente de realidad, mientras que lo ciertamente real, es la Mente o el Espíritu.
Por su parte Hegel, nos garantiza que el universo, se parece al Estado prusiano de su época, aunque sus seguidores ingleses, aseguran que la analogía, lo asemeja más, a una democracia plutocrática bicameral. Cuando un hombre suma sus haberes, es mucho más probable que cometa un error favorable a sus activos, que en detrimento de los mismos. Y cuando un hombre razona, es más fácil que caiga en artificios, capaces de promover sus aspiraciones, que en yerros que la minimicen. Y de ahí se sigue que, al estudiar a los pensadores nominalmente abstractos, sean sus gazapos los que nos vengan a ofrecer, la clave de su personalidad.
Muchos podrían objetar, diciendo que, aún en el caso de que los sistemas que han ideado los hombres sean falsos, no por ello dejan de resultar inofensivos y reconfortantes, de modo que lo mejor, es dejar las cosas como están. Sin embargo, el hecho es que no son inocuos y, que la placidez que brindan, nos sale muy cara, dado que inducen a los hombres, a tolerar sufrimientos evitables. Los males de la vida proceden, en parte, de causas naturales y, en parte también, de la hostilidad con que los hombres nos tratamos unos a otros. En el pasado, la guerra y la competencia, eran una necesidad vinculada con la obtención de alimentos, ya que únicamente los vencedores, podían hacerse con ellos. Hoy, gracias al dominio de las fuerzas naturales, que la ciencia ha empezado a conseguir, todo el mundo podría disponer de mayores niveles de dicha y bienestar, pues bastaría para ello, que todos nos centráramos más en la conquista de la naturaleza, que en el sojuzgamiento mutuo. Dejando a un lado, los numerosos argumentos utilitaristas, la búsqueda de una felicidad, basada en creencias inciertas, no es ni muy noble ni excesivamente gloriosa.
No hay ser humano que pueda librarse del temor, sin atreverse a mirar cara a cara, en su verdadera dimensión, el lugar que ocupa en el mundo. Y a ningún hombre le será dado materializar la grandeza de que es capaz, en tanto no se haya avenido a reconocer, su propia pequeñez.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.