¿Un animal poco político? II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Cuando Leonard Woolf hizo campaña para ser elegido parlamentario, se pateó Liverpool, Manchester, Durham y Newcastle, y en todas esas ciudades pronunció discursos, ante un público favorable a sus ideas socialistas. Pero él pensaba que no les había causado demasiada buena impresión. Pensaba que quizá, en parte, fuera porque el no aparentaba tener una loca ambición, por convertirse en MP (miembro del parlamento, como en Inglaterra se les llama).
Virginia le acompañó en su visita a Manchester. Pero la ciudad había cambiado mucho. Y, desde el momento en que llegó a su mugrienta estación – nos cuenta Leonard – hasta que abandonó la ciudad, se sintió invadido, por una especie de desesperación infinita. Le pareció “La ciudad de la noche terrible” de James Thomson. Las farolas brillaban en una oscuridad fúnebre, una llovizna negra de hollín, caía implacablemente de un cielo amarillo mugriento, sobre los edificios ennegrecidos y, las nubes, grises de melancolía, iban a parar, como hormigas, a todo lo largo de las brumosas calles. Calles en las que tranvías en fila india se abrían camino. Y, por todas partes, los oídos se estremecían, al ritmo del chirrido de sus ruedas de metal y, del runrún de sus campanas.
Por su parte, Virginia escribió: “Pagamos cada uno 18 chelines en el Queen’s Hotel, que da sobre una gran plaza, pero qué es una gran plaza, cuando está invadida de tranvías? Y está la reina Victoria, que parece una enorme tetera y, Wellington soso como un dogo que estira la pata”. Leonard añadía: “Deprimido por el cielo, la reina Victoria y Wellington, no he encontrado un público que me devolviera la moral. Le brindé dos discursos, ante y después de la cena. La gente era muy amable, extremadamente bondadosa, entre ella numerosos profesores o conferenciantes, que habían sido objetores de conciencia durante la guerra, incluso arrestados por haber ondeado la bandera de la libertad, sobre Manchester. Pero, como la reina Victoria o Wellington, eran más bien grises, deprimidos y hablaban en voz baja. “Durante la velada – escribió Virginia – Mrs. Hereford y el profesor Findlay, se mantuvieron sabiamente sentados, la mirada fija sobre el mantel, sin nada que decir, como dos caballos que han trabajado juntos todo el día en los campos”. Y cuando Mrs. Finlay, le preguntó que hacía ella en política y, si trabaja mucho, en la organización de los mítines, Virginia le respondió, que ella se limitaba a escuchar. “Mrs. Finlay movió la cabeza. ¿Que es lo que hacía allí entonces?” “Oh, simplemente estoy aquí, por el placer de dedicar diez libros en Manchester, e ir a ver el zoo”. ¡Señor, que descerebrada! Pero nadie entre ellos había leído mis libros. Así que nos fuimos al zoo. Y ceo que podría añadir alguna cosa a este respecto – escribe también Virginia – un desierto de piedras blancas, confiado a dos mujeres de limpieza y decoradores; algún oso, un babuino, un zorro o dos, nada que no fuera desolación o llevara a la depresión.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.