Lo que no tiene nombre
- Escrito por Juan Antonio Palacios Escobar
- Publicado en Tribuna Libre
He de confesarles que a veces no encuentro palabras para designar algo con lo que me encuentro en mis andares y caminos por esos mundos, encontrándome cosas familiares y otras que jamás había visto. En uno de esos viajes me encontré con una linterna rarísima, que al enfocar algo o alguien, concentrábamos toda nuestra atención sobre el objeto o la persona.
A este artilugio tan extraño. había que bautizarlo lexicográficamente y a mi que me encanta inventarme nuevos vocablos, le llamé concentrina. Tenía nombre de fármaco, pero no era ninguna pastilla, supositorio ni inyectable, era una linterna con una bombilla led y alimentada con una pequeña placa solar. Más sostenible, imposible.
Cuando vivimos durante demasiado tiempo en el mismo lugar, nuestros sentidos tienden a entorpecerse y terminamos no dándonos cuenta de lo que tenemos alrededor. Quizás esta sea por lo que viajar sea tan excitante. Nos encontramos en lugares nuevos y lo vemos todo de forma distinta.
Los que por afición, devoción o adicción nos gusta llenar los espacios en blanco del ordenador, hemos de manifestar diariamente el apasionante ejercicio de escribir desde lo banal a lo importante, intentando poner nombre a lo que no tiene, rendir homenaje con nuestras palabras a las acciones más intrascendentes y cotidianas, describir a los personajes más insulsos e insufribles y palpitar y descubrir con lo que hay detrás de las personas más increíbles.
Conforme vamos construyendo una narrativa, superando la emoción de las atmosferas horteras o escenarios en los que no pasa nada, o imaginándonos que ocurre algo fascinante y fantástico. Quienes resultamos molestos a los autócratas y dictadorzuelos de vía estrecha, debemos seguir denunciando desde la libertad de no estar presos de la necesidad que es como ser rehenes del miedo, aquello que no nos gusta, aun cuando el gran coro de estómagos agradecidos nos miren con malos ojos.
Quienes tenemos un nombre para cada cosa o para cada persona, tenemos una gran fortuna, dormimos a pierna suelta y no padecemos el insomnio de quienes están en vela, porque ansían tener lo que no tienen o aquellos otros que no concilian el sueño por el pánico de perder lo que creen tener, pero de lo que no saben cuál es su nombre.
La presión de los poderes fácticos en espacios reducidos tienden a limitar las posibilidades de expresión y producir un grave déficit democrático, cuyas repercusiones son difíciles de analizar en el presente y traslada sus efectos al futuro más inmediato, produciendo una permanente deformación de la realidad.
Así en la confusión de intentar encontrar un nombre para cada cosa, la especulación es radicalismo, hay que hablar de desarrollismo donde deberían denunciarse simple y llanamente casos flagrantes de corrupción. Los intereses y el enriquecimiento personal reciben el artístico y poético nombre de ”amor por el País” y aquellos que osan denunciarlo el de “enemigos y traidores al pueblo”.
La egolatría y el totalitarismo sin límites se denominan sacrificio y capacidad de trabajo. El ultranacionalismo cateto hasta los confines del ridículo, se anuncia como pragmatismo y don de la oportunidad. La realidad como espectáculo es el eje de la noticia, con un solo protagonista y escribas y notarios a sueldo del erario oficial, para que todo nos aparezca como lo mejor, y no haya la oportunidad a la duda o a la disidencia. Como diría el portavoz de turno “así son las cosas y así se las hemos contado”, cuando tal vez debería decir “así no son las cosas, pero así se las hemos presentado”.