Bertrand Russell. Factores intelectuales y conducta humana. III
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Bertrand Russell nos planteaba el siguiente interrogante: ¿hasta que punto podemos o debemos, procurar un fundamento racional, a las acciones de los hombres? Pero ocupémonos primero de si “debemos” o no hacerlo.
A juicio de Russell, la racionalidad ha de circunscribirse, a límites perfectamente definidos, ya que algunos de los aspectos más importantes de la vida, se ven abocados a la ruina, cuando los invade la razón. Siendo ya un anciano, Leibnitz confesaría a uno de sus corresponsales, no haber solicitado, sino en una ocasión, la mano de una dama y, que para entonces, ya había cumplido los cincuenta. “Por fortuna – añade en su carta – la señora pidió tiempo para considerar la oferta. Aquello me permitió reflexionar a mi vez y, me desdije”. No hay duda de que su conducta fue perfectamente racional, pero no puedo decir – añade Russell – que me resulte admirable.
Shakespeare coloca en la misma categoría al “lunático, al amante y al poeta (“Sueños de una noche de verano”) ya que, según afirma, todos ellos “están hechos por entero de imaginación”. El poeta Eurípides, en una representación en el Royal Victoria Hall en 1919, de “Las troyanas”, había despertado al amante durmiente, en la imaginación de los asistentes. Sin embargo, uno y otro, amante y poeta, serían olvidados a las puertas del teatro, para que el lunático (que se presenta en forma de maniaco homicida) pudiera controlar las decisiones políticas de aquello hombre y mujeres, que además se tenían por tiernos y virtuoso.
¿Es posible preservar al amante y al poeta, sin conservar también al lunático? En cada uno de nosotros, se hallan presentes los tres, aunque respectivamente con distintos pesos ¿Se encuentran acaso tan íntimamente unidos, que el hecho de someter a uno, hace perecer a los demás? No creo que sea ese el caso. Considero que hay en cada uno de nosotros, una cierta energía, a la que es imperativo dar salida, con acciones que no se inspiren en la razón y, que pueden hallar cauce de expresión en el arte, en el amor vehemente, o el odio más exaltado, según cuales sean las circunstancias. La respetabilidad, la regularidad y la rutina, ha atrofiado el impulso artístico y, aprisionado el amor, hasta el punto de incapacitarlo, para seguir mostrándose generoso, libre y creativo. Nuestra estructura instintiva costa de dos partes: un tiende a procurar la mejora de nuestra existencia y la de nuestros descendientes, mientras que la otra prefiere cercenar los planes de nuestros supuestos adversarios. La primera abraza la alegría de vivir, el amor y el arte, que es un brote psicológico de la ternura. La segunda se nutre de la competencia, el patriotismo y la guerra. La moralidad convencional, se empeña en suprimir lo primero y, en estimular lo segundo. Una verdadera moralidad, haría exactamente lo contrario. No hay peligro en dejar al instinto, las relaciones que nos unen a nuestros seres queridos; es nuestro roce con las personas que no nos caen bien u odiamos, lo que ha de someterse de forma inexcusable, al señorío de la razón. En nuestros días, aquellos a quienes detestamos “de facto”, son los grupos lejanos, regiones países o naciones. Los concebimos de manera abstracta y, nos engañamos a nosotros mismos, creyendo que unos actos, que en realidad son la encarnación del odio, obedecen, en el fondo, al amor que profesamos a la justicia, o a algún otro noble motivo.
Únicamente una buena dosis de “escepticismo”, puede rasgar el velo que nos oculta esta verdad. Una vez conseguido esto, podríamos empezar a construir una moralidad nueva, una moralidad que no se basase en la envidia y la represión, sino en el anhelo de una vida plena y, en la comprensión de que en los demás seres humanos, hemos de ver un apoyo y no un estorbo. Esto no es una esperanza utópica, pues se manifestó en algún país en épocas pasadas. Y podría materializarse mañana, si los hombres aprendiéramos a procurar nuestra propia felicidad y, no la desdicha de nuestros semejantes.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.