Bertrand Russell. Factores intelectuales y conducta humana. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Meditando sobre las creencias, nos asalta una pregunta que, a su vez, se ramifica en dos: a) ¿en qué medida puede decirse, que las creencias se basen de hecho, en pruebas constatables? y b) ¿hasta que punto podemos o debemos, tratar de atribuirles efectivamente dicho fundamento?
a) Las creencias se basan, mucho menos de lo que el creyente piensa, en pruebas constatables. Y las opiniones políticas, casi nunca se basan en pruebas sólidas. Cómo es lógico, también esta regla tiene sus excepciones. Pero topamos aquí con una complicación. Los freudianos nos han acostumbrado al término “racionalización”, con el que se alude a un proceso, consistente en idear un tipo de fundamento, que a nosotros nos parezca “racional”, para tomar una decisión o abrazar una opinión que, de hecho, es más bien irracional. Sin embargo se da, o se daba, en los países de habla inglesa, un proceso inverso, al que podríamos dar el nombre de “irracionalización”. Un hombre sagaz, tendera a adicionar, de forma más o menos subconsciente, los pros y los contras de un asunto, haciéndolo además, desde una perspectiva egoísta. Una vez alcanzada una decisión egoísta “sensata”, con la ayuda del inconsciente, el hombre procede a concebir, o tomar, de algunos de sus semejantes, un conjunto de frases altisonantes, que tiendan a mostrar, que se halla entregado a la consecución del bien público, aun a costa de un inmenso sacrificio personal. Cuando se revela auténtica, la sagacidad es más propia de la parte inconsciente de nuestra naturaleza, que de su fracción consciente. Desde el punto de vista moral, es una virtud poco sobresaliente, dado que resulta, invariablemente, egoísta.
Podría establecerse una regla general, sujeta además a escasas excepciones, que si las personas no aciertan a distinguir sin engañarse, en donde reside su interés, las acciones que presupongan más “sensatas”, habrán de producir mayor perjuicio a sus semejantes, que aquellos actos en los que realmente se asiente la prudencia. De aquí se deduce, que todo aquello que convierta a la gente, en mejor juez de su interés propio, resulta positivo. Nuestro inconsciente es más malévolo de lo que imaginamos, de ahí que las personas que más se atienen, a lo que entra de hecho en sus intereses, sean aquella que deliberadamente se afanan en lograr, por razones morales, todo lo que encuentran contrario a su interés. En esa escala les seguirían, las gentes que intentan figurarse de modo racional y consciente, en qué punto centrar su interés, eliminando, en la medida de lo posible, la influencia de la pasión y otras emociones. El tercer lugar lo ocuparían, las personas dotadas de astucia instintiva. Y, por último, encontramos a quienes poseen mayor malevolencia que sagacidad, lo que al empujarles a procurar la ruina del prójimo, las aboca a labrar la suya propia. A esa clase decía Russell, pertenece el noventa por ciento de la población de occidente.
Los métodos que por lo general se aplican a la educación, no ejercen prácticamente efecto alguno sobre el inconsciente, de modo que las técnicas pedagógicas, en general, son incapaces de instruirnos en la sagacidad. Tampoco parece posible enseñar de verdad moralidad, salvo en el caso de que entendamos esta, como una mera colección de hábitos. En cualquier caso, algunos entendemos que las simples exhortaciones, no demuestran el más mínimo efecto benéfico, ni siquiera en quienes se hallan fácilmente expuestos a su influjo.
Ignoramos como hay que proceder, para enseñar a la gente a ser sagaz o virtuosa, pero sabemos perfectamente, como aleccionarles para que sean racionales. Bastaría con invertir punto por punto, las prácticas que sugieren algunas autoridades educativas. Es posible que en el futuro, se aprenda a inculcar la virtud, mediante la manipulación de las glándulas endocrinas y, la estimulación o freno de sus secreciones. Pero de momento resulta más sencillo, generar la racionalidad que la virtud (entendiendo por “racionalidad”, un hábito mental de carácter científico, en la previsión de los efectos de nuestras acciones).
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.