Incertidumbre. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Durante un siglo o dos el sueño pareció realizable. El poder de la razón implicaba que el progreso era inevitable. La ciencia llegaría a ser más grandiosa, con una perspectiva más integradora y, al mismo tiempo, más detallada, más escrupulosa. La naturaleza se podía conocer y, por lo tanto, necesariamente un día llegaría a ser conocida.
Esta visión clásica, surgida de las ciencias físicas, se convirtió en el modelo científico dominante durante el siglo XIX. Todas las ciencias aspiraban al ideal que ofrecía la física. El truco era definir concretamente una ciencia en términos de observación y fenómenos que se prestan a una descripción precisa (es decir, reducible a números) y después encontrar leyes matemáticas que vincularan esos números con un sistema ineludible. Si el proyecto de comprensión científica absoluta vacilaba, era porque la mente humana no estaba a la altura de la tarea, no porque la naturaleza fuera intratable en sí misma.
Y esa es la razón por la que el argumento de Heisenberg resultó ser tan inquietante. Apuntaba a una insospechada debilidad en el edificio de la ciencia.
Heisenberg disentía de la cualidad de perfectas de las leyes de la naturaleza. En lugar de ello, él descubrió dificultades extrañas y alarmantes en los propios hechos de la naturaleza. Su principio de la incertidumbre concernía al acto más elemental de la ciencia: ¿cómo adquirimos el conocimiento acerca del mundo, la clase de conocimiento que podemos someter al análisis científico? En el ejemplo concreto elegido por Heisenberg, ¿cómo sabemos donde se encuentra un objeto y con que rapidez se mueve? Esta pregunta habría desconcertado a los predecesores de Heisenberg. En cualquier momento, un objeto en movimiento tiene una velocidad y una posición determinada. Existen formas de medir u observar estas cosas, ¿Qué más hay que añadir?
Heisenberg descubrió que muchísimo más. Su conclusión revolucionaria y esotérica, ha sido expresada en palabras que han llegado a ser casi habituales. Se puede medir la velocidad de una partícula o se puede medir su posición, pero no se pueden medir ambas cosas. O bien: cuanto más preciso sea el conocimiento de su posición, menos podrá conocerse su velocidad. O de forma más indirecta y menos obvia: el acto de observar cambia la cosa observada.
El resultado final, en cualquier caso, parece ser que los hechos no son esas cosas simples y sólidas que se suponía.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.