Niels Bohr. La física cuántica como revolución científica. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Werner Heisenberg propugna, en 1927, un nuevo principio de comportamiento de la naturaleza en el mundo microfísico, la interacción observador-observado, no contemplada en el paradigma clásico. Por ejemplo, si queremos observar un electrón, de alguna manera lo tenemos que iluminar con fotones de luz y esto lo perturbará, es decir, ya no estará en el estado que queríamos observar. Existe un límite fundamental, en la precisión con que podemos determinar simultáneamente, ciertos pares de variables. La naturaleza es así, cuanto más nos acercamos a ella, más difuminada se no muestra.
La expresión cuantitativa del principio, suele denominarse una relación de indeterminación o de incertidumbre. El “principio de incertidumbre” de Werner Heisenberg, cuestiona el determinismo clásico, basado en la relación causa-efecto de los fenómenos. Con sutileza, Heisenberg sugiere: “Sin embargo, en la formulación fuerte de la ley causal: si conocemos exactamente el presente, podemos predecir el futuro (lo que los historiadores sabemos que no es exacto) no es la conclusión, sino más bien la premisa, la que es falsa”.
La inquietud intelectual, que provoca la física cuántica, procede de sus postulados básicos, que parecen encerrar contradicciones profundas. Que algo esté, a la vez, localizado y no localizado, entraña una contradicción inicial, origen de atractivas e irresistibles paradojas cuánticas.
Una paradoja cuántica, que se hizo muy popular, es la denominada “el gato de Schrödinger”. En una habitación se aísla un gato vivo, una ampolla de veneno y, un mecanismo basado, en algún aspecto de la mecánica cuántica, que tiene la posibilidad ½ de romper la ampolla y, por tanto, la probabilidad ½ de no romperla. Para un observador que se encuentre dentro de la habitación, la situación está clara: una vez que el mecanismo ha actuado, el gato se encuentra vivo o muerto. Pero un observador, situado en el exterior de la habitación y, sin acceso a lo que ocurre dentro, debe describir el estado del gato, como una superposición de los estados vivo y muerto (esto es, la función de onda que describe el estado del gato, es la suma de la que describe el gato vivo y la que describe el gato muerto) y hasta que no abre la puerta de la habitación y mira, el gato no tiene un estado definido.
Lo paradójico en esta situación, es que la descripción del estado del gato, hace necesario considerar conjuntamente al gato, al mecanismo que puede romper la ampolla y, a la mente del observador. La realidad parece que se crea con la observación, hasta que no se observa, permanece en un estado indeterminado, en el que todas las posibilidades están presentes. Schrödinger apostilla: esto nos impide aceptar de forma ingenua un “modelo borroso”, como la imagen de la realidad. Hay una diferencia entre una foto temblorosa o mal enfocada y, una foto de nubes y bancos de niebla. Según la teoría cuántica, el gato se encuentra, literalmente, vivo y muerto a la vez. Solo al abrir la caja, pasará a estar vivo o a estar muerto. Dicho de otro modo: lo que nos dice la física cuántica es que el gato 'no existe' hasta que lo observamos.
El Instituto de Copenhague, está presente en el desarrollo de las nuevas ideas. Sin mayores portaciones originales, Bohr es un referente. A él acuden Heisenberg, Schrödinger, Born, Pauli y Dirac – los principales autores del formalismo matemático – para contrastar opiniones. Las discusiones entre Bohr y Heisenberg, son, casi siempre, convergentes. Los debates entre Bohr y Schrödinger, son dramáticos desencuentros… salvados al final por el talante de Bohr.
Hacia 1928 la teoría parece completa y, como homenaje al Instituto, se denomina “Interpretación de Copenhague”, constituyéndose en la física cuántica oficial, de los dos tercios finales del siglo XX.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.