Mas calle y menos pantallas
- Escrito por Juan Antonio Palacios Escobar
- Publicado en Tribuna Libre
Los niños y niñas de mi generación vivíamos, nos relacionabamos y aprendíamos en la calle. Apenas la televisión había comenzado a desarrollarse en la producción y transmisión de programas, pero casi todo a lo que se asomaban nuestras miradas eran emisiones en blanco y negro, después llegó el color pero las imágenes parecían pintadas con lápices y lo eran lo menos parecido a la realidad. Y si queríamos ver una película, teníamos que salir de casa e ir al cine, y colocarnos ante la gran lona blanca.
En la actualidad, desde que vemos la luz al mundo nos encontramos con una pantalla, bien sea la de los móviles, tablets, ordenadores o interactivas con las que podemos comunicarnos, y son inteligentes, pudiendo hablarles y acceder a través de ellas a diferentes contenidos o asistir a lo que está sucediendo instantáneamente.
Nuestros infantes de hoy presentan en algunos casos, muchas capacidades que nosotros de adultos no tenemos, pero les faltan habilidades sociales para hablar con los otros y enriquecer su personalidad en esa relación y contacto con el entorno y con los demás.
No tengo nada contra las nuevas tecnologías, todo lo contrario, pienso que difícilmente podemos apreciar la belleza de un lugar o la fuerza de una emoción asomándonos a un plasma, en lugar de aprovechar la ocasión de observar y recrearnos personalmente.
Tengo la suerte de vivir en Algeciras, un lugar único en el mundo, asomado al Estrecho de Gibraltar. En estos momentos me viene a la memoria un anochecer del mes de Julio de 2007, hace diecisiete años, en el que me encontraba, a orillas del Bósforo, en los bajos del Puente Gálata, cenando con mi mujer y otros amigos andaluces de Málaga y Almería.
Hacia tan sólo una hora habíamos asistido al bello e inigualable espectáculo del atardecer desde la colina de Pierre Loti, ese escritor francés, que bajo este seudónimo escondía a Julián Viaud, oficial de la marina que quedó prendado del amor de una bella mujer turca.
Habíamos sido testigos de cómo el sol se reflejaba en el estuario del Cuerno de Oro, con esa delicada luz rojiza única con la que se ocultaba y dejaba paso a una Luna en cuarto creciente dispuesta a ser la reina de la noche de este lugar del mundo en el que convergen las civilizaciones de Oriente y Occidente.
Nosotros habitantes del Al-Andalus, nacidos y vividos en el Mediterráneo, estábamos en la ciudad que fue capital del Imperio Romano, Bizantino y Otomano, Estambul, la antigua Bizancio y Constantinopla, la única urbe del mundo en la que sus más de quince millones de habitantes de su área metropolitana se asientan entre dos continentes, Europa y Asia.
Durante todo el día, nos habíamos embriagado con la singularidad y excepcionalidad de este gran caos de gente que van y vienen, comprándolo y vendiéndolo todo, de este mosaico de museos, iglesias, palacios, grandes mezquitas, bazares, sabores, olores y vistas increíbles desde cualquiera de sus miradores.
Habíamos intentado descubrir la ciudad que no se muestra a los turistas. Sentados allí al borde de aquella lengua de agua salada que une el Mármara con el Mar Negro, deslumbrado por las primeras luces de la noche que se reflejan en el espejo del Bósforo y se mezclan con las voces de los imanes y las vueltas místicas de las danzas de los derviches, intentábamos comprender la historia de las culturas que han poblado y pueblan todas las tierras desde nuestra Isla Verde, hasta este mágico y exótico espacio donde todo parece posible y realizable.
De pronto nos pareció escuchar desde la otra punta del Mediterráneo los acordes y la voz de Joan Manuel Serrat, recitando aquello del ”yo que en la piel tengo el sabor amargo del llanto eterno que han vertido en ti cien pueblos, de Algeciras a Estambul para que pintes de azul sus largas noches de invierno”.
También envueltos en ese crisol de culturas y mestizajes de tantos y tantos siglos, entre aromas y colores, nos llegaba el sonido de la guitarra del universal Paco de Lucía, acompañados de panderetas y tambores de distintas formas y tamaños como el tapan de los Balcanes, el Daule griego o el davul turco y flautas, gaitas y clarinetes que junto a los laudes, vihuelas y mandolinas nos ofrecían un maravilloso concierto, en el que el pasado y el futuro, la tradición y la innovación nos mostraba toda la fuerza de la diversidad y la creatividad del ser y estar en el Mediterráneo.
Qué pantalla podía ofrecerme estos recuerdos, como podría reproducirlo como el traerlo al primer plano de la conciencia de la memoria de nuestros discos duros. Volvimos a volar de Algeciras a Estambul, tan diferentes y tan parecidas, tan distantes y cercanas, para continuar en este crepúsculo de la jornada, saboreando una dorada que les puedo asegurar que no era de piscifactoría, con todo el aroma de todas las especies y una salsa de yogourt. No nos parecía haber recorrido, aunque fuera solo con nuestra imaginación más de cuatro mil kilómetros, tal vez porque con nuestra alma de marinero, estábamos cerca del mar y todos habíamos nacido en el Mediterráneo.