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Kolakowski. Asimetría de valores y deberes. II


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Toda moral que busque apoyo en buenos códigos, no podrá menos que conllevar una inclinación natural, a alentar principios susceptibles de procurar, justificaciones absolutas, para todo lo cual habrá de comenzar, dando por supuestas una fe incólume y optimista, en el total paralelismo, entre deberes y valores. De la circunstancia, de que algo está permitido o haya sido ordenado, extraerá, asimismo, la consecuencia inmediata, de que también es moralmente bueno.

Los códigos que se dan por satisfechos, con enseñar que, en determinados casos, se puede tolerar o incluso causar, la muerte de otro, nos justifican planamente, al darse las circunstancias esperadas, ya que la exigencia de una perfecta armonía, del sistema normativo, no admite situaciones en las que algo pudiera constituir, al mismo tiempo, un deber y, no obstante, ser moralmente malo. Esta exigencia está de todos modos, en flagrante contradicción, con las características reales del mundo humano.

No deberíamos educar a los niños, en la convicción de que la mentira, está absolutamente prohibida, ya que pronto tendrán que convencerse ellos mismos, de que está constituye una necesidad en la vida, a veces, incluso, es un acto positivo y, de que, en cualquier caso, no se puede renunciar a ella. Y una vez se hayan convencido de esto, se sentirían inclinados, a poner en entredicho, el valor de cualquier sinceridad moral. Tampoco conviene enseñarles, que en determinadas circunstancias, la mentira puede ser algo bueno, ya que semejante regla, resulta demasiado fácilmente extensible, a un número incalculable de casos particulares y, semejante elasticidad, no deja de ser peligrosa.

Habríamos, por el contrario, de reforzarles en la convicción, de que la mentira es mala, aunque a veces no haya otro remedio que mentir y, se miente a conciencia de la maldad de la mentira, si de lo que se trata, es de evitar otro mal que, intuitivamente, nos parece más grave. De manera pues, que en semejantes situaciones, la mentira – por mucho que resulte moralmente admisible o incluso recomendable – no deja de ser mala. La educación debería, en suma, hacer consciente la discrepancia, en la que se revela la auténtica naturaleza de la situación humana y, que únicamente en teodiceas falaces, ha podido ser vergonzosamente eliminada, del campo de visión. Esta educación, bien sûre, es difícil, espinosa, arriesgada y, es la única conciliable, con la más fastidiosa e irrenunciable intuición, de las necesidades humanas.

En un mundo en el que falta de todo y, en el que únicamente en la ficción, podemos representarnos una vida individual, incontaminada de la vileza general – es decir, una vida estéril como el algodón, que se usa en la mesa de operaciones – en un mundo, en fin, cuya vileza hemos de aceptar íntegramente, como la nuestra propia, nuestra tarea no puede consistir, en elaborar medios tranquilizantes que – sin transformar las circunstancias – provean al hombre, de un aceptable sentimiento, en la propia dignidad humana, así como de una conciencia tranquila. Nuestra tarea debe consistir, por el contrario, en hacer consciente el ineludible carácter conflictivo de la vida moral, incitando a meditar acerca de cuales, de entre todos estos conflictos, pueden ser aliviados – ya hasta qué punto – por medio de reformas de tipo práctico y, cuales, por el contrario, constituyen quizá, una afección orgánica de nuestra especie.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

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