Kolakowski. Asimetría de valores y deberes. I
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
La creencia en la simetría de los derechos y deberes, esta íntimamente relacionada, con la natural tendencia de los códigos, a sustentar la simetría entre deberes y valores. Se trata, en otras palabras, de la convicción de que no sólo aquello que constituye un valor, es objeto, al mismo, tiempo de un deber, sino de que todo lo que es objeto de un deber, constituye al mismo tiempo un valor. Esta fe, en la consecuencia que se desprende, de la apreciación de algo como bueno, o de la constatación de que este algo, representa lo contrario de un deber y viceversa, entraña al mimo tiempo un aspecto peligroso, que no debería ser pasado por alto.
Veamos algunos simples ejemplos: por lo general, no nos sentimos dispuestos a condenara a quien, en una situación de hambre haya acudido al robo, para procurar alimentos a su hijo, así como tampoco al que mata a su agresor. Y, sin embargo, sería peligroso sacar la conclusión, de que, en determinadas circunstancias, el robo o el asesinato, puedan representar un “valor moral positivo”. La creencia en la simetría, entre el deber y el valor, nos incita a suponer, que situaciones como las mencionadas son, por así decirlo, moralmente puras y, que todo está perfectamente en orden. Como en el caso citado, el robo constituye una salida sencillamente buena, ante el peligro de muerte, pero no sería racional, afirmar que, en un sistema social, basado en unas desigualdades tan extremas, que posibilita el peligro de morir de hambre, es el sistema el que obliga a robar y, el que constituye, por tanto, la fuente del mal moral. De igual modo, nos está también vedado, afirmar que, unas circunstancias que favorecen la agresión, son moralmente nocivas, en la medida que obligan a matar a los agresores, como si matar al agresor, fuera algo sencillamente bueno.
De este modo, liquidaríamos las motivaciones morales específicas, que nos ordenan tomar en consideración, la posibilidad de efectuar transformaciones sociales, en lo tocante al mal moral, ese mal que surge, inevitablemente, en determinadas circunstancias de la existencia humana. Adormeceríamos, de esa forma, la autoconsciencia moral, que nos hace ver claramente el hecho, de que, en ciertas ocasiones, nuestra elección es mala, de tal modo que, incluso cuando elegimos lo mejor, estamos al mismo tiempo, eligiendo un mal.
En el caso de que los impulsos morales, tengan que jugar un papel, en nuestras formas de comportamiento práctico en la vida, habrán de hundir sus raíces, en la convicción de que nuestras decisiones, se mueven en un mundo de valores, que no pueden ser plenamente realizados de manera conjunta y, de que, en consecuencia, nuestro deber no puede ser en ocasiones otro, que hacer el mal. El pensamiento de que todo lo que es objeto de un deber, es ya bueno únicamente por eso, por ser un deber, constituye un medio de apaciguar el desasosiego, idéntico en todo punto, a la creencia antes descrita, en el carácter homogéneo de los valores. La verdad es que, al decir que la vida humana es un valor, no queremos decir únicamente, que es un valor relativo, condicionado por las circunstancias y, que, en algún caso determinado, el aniquilamiento de la vida, puede constituir un valor. Por otra parte, sin embargo, tampoco es nuestra intención, proclamar que estoy absolutamente en contra de la pena de muerte, o que, en nombre de la prohibición de matar, intentamos propagar el principio, de que no hay que oponerse al mal, o que, a la agresión ajena, no haya que responde sino con una actitud sumisa. Por el contrario, el lado difícil de la educación moral radica, entre otras cosas, en el ejercicio del conocimiento de que la vida humana, constituye un valor absoluto y, que, sin embargo, estamos al mismo tiempo, justificados al matar, incluso, en ocasiones, obligados a ello. Por el hecho de ser menor y, de que nos veamos moralmente obligados a cometerlo, no tiene un mal menor, por qué ser calificado de bueno. No olvidar esto es esencial, si queremos mantener incólume en nosotros, ese resto de vigilancia, capaz de ayudarnos a reducir a un mínimo, las consecuencias del mal provocado por nosotros mismos y, a evitar esa ofuscadora despreocupación, de la que nos proveen los códigos coherentes, monista y completos.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.