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El club de los chaqueteros


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Todo el mundo tiene derecho a cambiar en su forma y en el fondo, del rojo al azul. Si no fuera así, nos quedaríamos estancados y no avanzaríamos. Lo que la gente decente no esté dispuesta a aceptar es cambiar las convicciones y los principios por conveniencia en cualquier momento.

Nos viene a primer plano de nuestra memoria, lo que decía según la leyenda urbana Groucho Marx “Estos son mis principios, y si no le gustan tengo otros”, aunque hay quienes sostienen que apareció por primera vez en un periódico de Nueva Zelanda en la forma “Estos son mis principios, pero si no les gustan, yo los cambios”.

Entre lo extravagante y lo estrafalario, en los chaqueteros más conocidos en el terreno político como tránsfugas, son unos sinvergüenzas en el que se produce una enorme brecha entre lo que pensamos que encierran sus palabras y lo que terminan significando y ocurriendo con sus actos.

Por su conducta son considerados individuos de poco crédito y poca fiabilidad. Desde el legítimo derecho al cambio, lo que provoca un extraño sentimiento entre la indignación y el desprecio, es que observar este transformismo en forma de conversión, que no es sino una inversión provechosa.

Y esto se puede hacer lentamente o en un pis pas y en el colmo de la falta de ética, se construyen un argumentario para justificar lo injustificable. En el éxtasis de la caradura quienes engrosan el club de los chaqueteros, les vemos ubicarse y presumir de forma milagrosa de aquello que nunca serán, porque ni lo piensan ni lo sienten, ni actúan como tales.

A muchos de estos sujetos les pierde su incontinencia verbal, porque intentan fabricarse una biografía que no tienen, y claro alguien le puede meter la gamba al prójimo en algún momento, pero venderle un kilo de mariscos al cliente como fresco cuando huele a podrido, no sólo es difícil sino muy peligroso.

Los chaqueteros, intentan llamar la atención a toda costa para proyectar quienes no son, y además procuran que los demás hagan el trabajo y ellos llevarse las medallas, aunque no sean capaces de ganar ni por la acción; porque son más flojos que “un muelle de guita”; ni por discusión ya que carecen de ideas y recursos dialécticos, aunque defiendan lo mismo y lo contrario al mismo tiempo, y sean desleales hasta con ellos mismos.

En su carácter interesado, trabajan para ellos, única y exclusivamente, y aumentan la imagen de lo impredecible, pero no como estrategia ni como táctica, sino como mercaderes de lo público y mercenarios de sus intereses, y en algunos casos intentan parecer fuertes, cuando en realidad en la mayoría de los casos están ocultando su ignorancia y debilidad.

Su mediocridad, les lleva a moverse entre la celotipia, la codicia y la envidia, las armas de todos los miserables, y como con frecuencia, son aves de paso y presos del dinero en lo del servicio a la comunidad, lejos de resultar entretenidos, creativos y estimulantes para quienes les rodean, se nos presentan como rutinarios, estresantes y agotadores.

Lo peor de todo, es que entre la ciudadanía, en vez de entusiasmar, aburren y más que ilusionar, decepcionan, porque no creen en aquello que dicen y por mucho que actúen se les nota demasiada, y en lugar de transmitir energía, dinamismo y capacidad de liderazgo nos inoculan inseguridades, desconfianzas y recelos.

Hay políticos con proyecto, mientras que los chaqueteros están obsesionados por conseguir sus propósitos y llegar a conseguir sus objetivos sin aprender nada en el camino, cuando lo importante es hacer y disfrutar del viaje.