El vicio de la sinécdoque
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Quizá la máxima que mejor define al populismo, es esa de que “el poder le ha sido arrebatado al pueblo”. Ya lo he escrito, seguramente eso es lo que pensaban esas pintorescas horas que entraron en El Capitolio. Como alguno respondió a quien lo entrevistaba: “Venimos a reclamar lo que es nuestro; o sea “nosotros somos el pueblo, que se vayan los representantes espurios”.
Cosa similares escuchamos en España, a partir del 2019: el “nosotros somos los representantes de la gente” del Podemos inicial; o el “nosotros representamos a la verdadera España” de Vox; o el “auténtico pueblo catalán es el independentista”.
Siempre el mismo vicio de la sinécdoque, escribía Fernando Vallespín, el de tomar la parte por el todo. No hay un “nosotros” sin un “otro”. Lo que nos define y permite que nos cohesionemos en torno a un líder, es la previa definición de un “no-pueblo”, el enemigo. La polarización “nosotros/ellos”, deviene así en la condición de posibilidad, para definir la propia posición.
Una de las muchas ventajas de los sistemas parlamentarios, es que desinflan toda pretensión de aspirar, a la representación de la totalidad. La propia topografía de los parlamentos, de sus hemiciclos, la impide ¿cómo puede un grupo, que ocupa un espacio limitado en la Cámara, aspirar a representar el todo?
Lo de representar el todo, es más fácil en los sistemas presidencialistas, en los que el Presidente goza de la misma legitimidad democrática que las Cámaras, pues también ha sido elegido directamente por el pueblo. Un jefe del Ejecutivo, un Presidente del Gobierno, emanado del Parlamento, posee algo así como una legitimidad prestada, de segundo orden diríamos. Y esto no deja de ser un magnífico impedimento, para no caer en veleidades populistas. Es una de las razones, entre otras, por la que yo siempre he preferido los sistemas parlamentarios a los presidencialistas.
Lo que parece que hoy no conseguimos evitar, es el contagio populista de la polarización extrema. De forma creciente, todo se va reduciendo a una fórmula binaria: dos lecturas de la realidad, dos discursos, dos universos identitarios. Lo que nos cohesiona en un bloque, nos es tanto la identificación positiva con todos los que integran el propio grupo, cuanto la animadversión, cuando no el odio, hacia el otro.
Y sin embargo, no lo olvidemos, lo que predica la democracia liberal, es el respeto del pluralismo y la disidencia. Ese mínimo civilizatorio, me temo, es lo que podríamos estar perdiendo. La revolución de nuestros días sospecho, está marcada por un cambio en la cultura política, que va en la dirección de la intolerancia hacia el otro, en su automática conversión, en enemigo irreconciliable. Ojalá me equivoque.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.