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La modestia de los grandes


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Los grandes en cualquier terreno admiten sus errores e intentan conseguir nuevos objetivos, sin darse importancia, con sensatez y responsabilidad, sin nervios, inquietudes ni desconciertos, sin crispar ni dividir con las afirmaciones y desmentidos necesarios.

De forma tranquila, saben administrar con normalidad los momentos viviendo con cimientos y sin placeres culpables, sin excusas para estar en el fango, siendo coherentes para que haya correspondencia entre lo que se dice y lo que se hace y utilizan un lenguaje claro, sencillo y directo que pueden entender todo el que los escucha.

Por mucho que sepa, la persona modesta tiene una grandeza imparable, y no se sitúan a la defensiva como si fueran culpables de algo, aunque son objetos de amenazas, falsedades y calumnias, poniendo nerviosos a sus adversarios desde el principio de cualquier historia por la seguridad que inspiran.

No presumen de sus cualidades aunque su modestia es perfectamente compatible con la expresión de su orgullo. Lo que la modestia de los grandes nos enseña es la moderación y la mesura, el cometer excesos y saber contenerse por mucho que lo intenten provocar con mentiras e insultos.

Son dueños de sus palabras pero sobre todo manejan magistralmente sus silencios y saben hacer frente con prudencia a acusaciones infundadas de ser alguien simple, pobre y falto de recursos, en lugar de sencillo, cercano y sabiendo utilizar sus capacidades sin resultar insoportable.

Saben construir su personalidad paso a paso, poco a poco, asumiendo de forma sincera sus limitaciones y relativizando sus méritos. Como escribió Lao Tsé “Un hombre sobre la punta de sus pies no puede guardar el equilibrio… Un hombre que camina a grandes zancadas no irá muy lejos… Un hombre que se celebra pasará inadvertido”

Su satisfacción de servicio a los demás no tiene nada que ver con la timidez ni la falta de autoestima, ni está en contra del sentimiento tan humano, de sentirse orgulloso por lo conseguido con su trabajo y su esfuerzo. Por eso la modestia de los grandes huye de la soberbia, de la arrogancia y de la vanidad, porque no suele conducir a nada, salvo a la infelicidad.

Además en su sencillez no se pasan el tiempo pendiente de ellos mismos, y suelen dirigir su foco hacia lo que sucede en su entorno, hacia lo que les pasa a los demás. Con su tarea evidencian la diferente aportación de cada uno, pero reconociendo el valor de todos, porque saben que no hay gran mérito que no necesite contribución alguna por pequeña que sea.

Con el tiempo y la experiencia adquieren una sabiduría, de la que no presumen, en la que descubren que estamos en un permanente equilibrio, que unas veces nos situamos en la cabeza y otras en la cola, que no hay nada seguro y todo puede peligrar en algún momento de nuestras vidas, que todo puede ir a mejor o a peor.

Con calma y sosiego, nadie decide sus agendas y con prudencia procuran no quedar atrapados dentro de unos argumentos, que son solo arbitrariedades y caprichos que terminan convirtiéndose en insultos. Tampoco hacen uso fraudulento de lo que es de todos y que a veces hemos de admitir, que entre temores y miedos, podemos llegar a tener cierto grado de frustración.

Procuran vacunarse de los fanáticos mesiánicos, para los que no existen otras razones que sus sinrazones, y aquellos sinvergüenzas oportunistas que aprovechan y se atribuyen el mérito de lo que hacen los demás.