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Más que arte o literatura


  • Escrito por Luis Méndez
  • Publicado en Tribuna Libre
(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

El arte es muchas cosas, entre ellas un instrumento político fundamental. Por ejemplo, tenemos el expresionismo abstracto. No fue casual. Fue la contraposición al llamado realismo social, que decía reflejar la realidad. Aquel arte tenía, tiene, su templo en el MoMA, patrocinado por los Rockefeller, y a sus sumos sacerdotes: Pollock, Rothko, Guston, Tomlin, entre muchos otros.

Diluye la realidad en una supuesta impresión estética. Es la pintura de la acción (action painting, dicen los expertos). No hay ideas previas. Es el arte por el arte. Los medios son diversos. Pollock, por ejemplo, extendida la tela sobre el suelo, distribuye la pintura con una lata agujerada. No hay que buscar significado en la imagen, sino provocar emociones. “El instinto sobre la razón”. “A los expresionistas abstractos les fascina el mito del pionero y sus implicaciones de soledad, dureza y énfasis en el proceso” (una imagen muy del far west). A nosotros nos suena a individualismo y apartamiento de la racionalidad. “El artista se refugia en su interior y abandona referencias”. “Y qué mejor que un arte individual cuya principal característica es la libertad”. Una tendencia que para nosotros, legos en la materia, nos lleva de “este es mi gusto” al actual “esta es mi verdad”. Lo mismo pero en distintos niveles. En definitiva, la negación de cánones ajenos, que para eso somos autosuficientes. No creemos que la frase de Tomás de Aquino “el arte es el recto ordenamiento de la razón” sea bienvenida en museos de ese tipo. Está claro que el mundo contemporáneo (lo es desde el fin de la IIGM) prefiere la imaginación a la realidad, las formas individuales a las universales, la dispersión a la concreción. En definitiva, que el centro del arte pasó de Paris a Nueva York. Hubo, sí, una reacción francesa. La escuela de Paris, “basada en la razón y hasta en el análisis de la forma y del color naturales”. Se llamaban a sí mismos “Pintores de la tradición francesa” (en francés, claro). Algo semejante pasó en la música. En la música, por ejemplo, Alain Barrière, se negó a pasarse a la moda beatleniana. Y lo hundieron. Si se sigue retroactivamente el itinerario, la del arte fue la primera gran cesión de Europa.

Pero el asunto aquí no es el arte pictórico, sino el estado del arte literario que se suministra en nuestro país. Viendo la realidad real y el estado de la cosa, echamos en falta una literatura que describa el acontecer diario de las vidas cotidianas. Gracias a literaturas pasadas, (comprometidas, se decía) sabemos cómo eran muchas de las vidas que escapaban a las estadísticas oficiales. Hoy nadie quiere imitar a Balzac, Galdós, Dostoyevsky. Prefieren a King. Ambos estilos recogen situaciones terroríficas, aunque a la realidad nada la supera. Se ensalzan los escritos más superficiales de Jack London, pero uno de los principales, “Gentes del abismo”, apenas se divulga. ¿Gustos estéticos distintos u ostracismo interesado? Dicha narración recoge las vivencias del autor en los bajos fondos de Londres. Sin medios económicos (situación que él, ya consagrado, crea artificialmente) se hunde en el abismo de la miseria durante unas semanas. Para nosotros es una de las más eficaces denuncias contra la falsedad del bienestar proclamado. En el trabajo recoge cómo en aquellos lugares la desesperación encuentra escapatoria en la idea del suicidio. El autor conversa con gente de todo tipo, entre la cual encuentra seres que no hacía mucho habían vivido razonablemente bien, hasta que la enfermedad u otra desgracia trunca su situación.

Trasladados a nuestro país y época no vemos una creación interesada en narrar la realidad de una parte de la población, la mayor, la que no vive nada bien. Sería moralmente instructivo saber cómo se desenvuelve alguien con mil euros o menos al mes. Saber el precio de las cosas. Saber qué ocurre cuando se agotan las ayudas sociales. Cómo es una noche durmiendo en la calle. Recoger con tus hijos comida de una asociación caritativa. Vivir el miedo de una esposa que cuando cierra la puerta de su supuesto hogar no encuentra protección, sino peores amenazas que las del exterior. Qué sucede con la esposa del delincuente odiado y encarcelado y que de repente pierde (ella) el sustento ya no cotidiano. Experimentar qué hace quien sale, sin medios económicos, del hospital. Situarnos ante un funcionario abusivo, ante un empresario despótico, ante un profesor arbitrario, ante un médico indiferente. Hundirnos y ahogarnos en el laberinto de leyes llamadas a protegernos, sobre todo cuando la contraparte tiene medios y triquiñuelas. Descubrir cómo el estado no da justificante del trámite realizado y como a los tres años, sin motivación, ha caducado, lo que obligará a tener mil, dos mil euros para recomenzarlo todo. Saber cómo sobrelleva el tiempo un anciano solitario e impedido. Cómo se vive el acoso escolar (por cierto, cuando decimos bullying emboscamos el contenido). Leímos de Almudena Grandes una novelita (colección de cuentos, más bien) que narra muy someramente situaciones de dificultad, pero sin llegar al detalle ni a los extremos comentados. Adentrarnos en esos mundos de desgracia (cada uno de ellos distinto, según el también realista Tolstoi) posiblemente nos humanizaría y llevaría a dudar de si una risa impostada, permanentemente colgada de la mandíbula, es aconsejable. Quizás nos falta sociología y nos sobra espectáculo.

Si vamos al mundo del cine bastará decir que el noventa y nueve por ciento de las películas recoge la vida de gente con mansiones y piscinas, donde no existen peones, basureros o repartidores de butano. De vez en cuando una “criada” hispana con cofia y a distancia. Tanto que nos gustan las sagas (sobre todo las de aristócratas y empresarios) ¿por qué no hacerlas sobre la involución del poder adquisitivo de una familia media a lo largo de varias décadas? (“Cuéntame”, más que el deseo de progresar provoca el de retroceder). ¿Por qué no narrar las exigencias a un trabajador carente de fuerzas y de salud? ¿O la indefensión de quien no ha recibido de la sociedad la cualificación profesional que luego se le exige? De quien tiene que fregar ochenta dormitorios en una jornada. ¿Por qué no narrar la vida de esos talentos que la realidad y la sociedad traicionan, como decía Peter Sellers? Estas cosas, seguramente, no interesan al exquisito arte moderno; quizás tampoco vendan, lo cual sería culpa no de la materia, sino de la inventiva del autor. “Los lunes al sol” resulto memorable. La cuestión es: ¿pretendemos mejorar sin abordar situaciones que generen ideas? ¿Podemos desechar su valor? ¿O bastan el karma, los chakras y la autoayuda? ¿Cómo pedirle al cuarenta, al cincuenta por ciento de la población que empatice con el resto si desconoce su vida? Esas ignorancias llevan a términos como el de “paguilla” sin discernir situaciones.

John Ruskin decía que el arte es la expresión de la sociedad. ¿No es una frase optimista? Los editores no eran pobres. ¿Realmente el arte, sobre todo el nuestro, recoge la realidad de la sociedad? ¿O por el contrario refleja la parte menor, la más privilegiada, para que seamos irrealmente felices? Aquello de las películas y novelas de evasión tenía mucha gracia.