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Creer lo que ven los ojos


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Algunos recordamos como tras los episodios del 11M y la conexión con ETA, que los del PP insistieron en mantener contra toda evidencia, Rafael del Águila (catedrático y politólogo ya fallecido) escribió: “Hubo un tiempo en que la fe, consistió en creer lo que no podíamos ver; pero nuevas derivas en las mentiras políticas, nos inclinan a pensar que, hoy en día, la fe consiste en ver algo e igualmente no creerlo”. Luego, como bien sabemos, vendrían las realidades alternativas, como cuando los votantes de Trump, con las fotografías delante de sus narices, negaban que la investidura de Obama, hubiese sido más concurrida que la de “su presidente”.

Ese “ver pero no creer” – nos recordaba Mariám Martínez-Bascuñán – chocó frontalmente con las palabras del ayudante del fiscal de Minnesota, en el juicio por el asesinato de George Floyd: “Usen el sentido común, crean lo que vieron sus ojos, ustedes han visto lo que han visto”. No es casual, me parece, que insistiera en algo tan obvio, si tenemos presente que hoy las mentiras se fabrican a plena luz del día. El caso de Floyd, no sólo nos habla del racismo, como una forma de atribuir un valor diferente a las vidas por el color de su piel. También, a mi entender, nos dice mucho de un momento, en el que parece que se comienzan a trazar otros caminos: las corrientes de fondo.

De eso, entiendo, hablaba Joe Biden, al afirmar que “EE.UU. vive un momento de cambio significativo”, uno en el que se apela a una imagen para juzgar lo real, en el que la sociedad se responsabiliza y afronta una injusticia histórica, mirando hacia el futuro; en el que se critica a un gobierno, por el riesgo de sobrecalentamiento de sus políticas ultraexpansivas, y no por los zafios tuits de un presidente; un momento en que la lucha contra el cambio climático, es el principal objetivo.

El momento es ese: reparación frente a odio, hechos frente a realidades alternativas, proyectos políticos frente a eslóganes vacíos, democracia frente a trumpismo y populismo.

Sobre todos estos peligros nos advirtió el gran historiador estadounidense Timothy Snyder: despreciar la verdad y las instituciones que gestionan la realidad que nos concierne, es ceder poder a quien tiene riqueza y carisma para producir, en su lugar, espectáculo. La antipolítica favorece siempre al poderoso. Y hay una diferencia significativa, entre captar un momento emocional de hartazgo pandémico, o colgarse medallas por tener las terrazas abiertas. Y saber leer la coyuntura política, identificando las corrientes de fondo, lo que llamamos olfato político. Lo de guiarse por un momento o momentos emocionales, por entendibles que sean, en mis tiempos se llamaba cortoplacismo. Y es tan viejo como la mentira en política.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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