La sentimentalización de la política
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
En un debate con el ex primer ministro francés Manuel Valls, publicado en el semanario “L’Express”, el filósofo Michel Onfray, sostenía que ser francés, consiste en amar a Francia.
Vamos a ver. Llevó alguna gota de sangre francesa (por mi bisabuela Boucher), me encanta la lengua francesa, me puedo sentir como en casa en muchos lugares de Francia, y adoro a muchos de sus artistas y pensadores. Y sin embargo no soy francés. Lo cual, estimo, demuestra que el concepto sentimental de ciudadanía, que propone Onfray, no es cierto. Las ideas de Onfray, cuyo último libro, por cierto, se titula “L’Art d’être français”, me recuerdan a las de una cierta izquierda francesa de hoy, que en algunos aspectos, linda con el nacionalpopulismo que recorre una parte de Europa.
Esta especie de sentimentalización de la política, me temo, constituye uno de los rasgos más notorios del populismo actual, quizá el más tóxico. Porque la contaminación sentimental de la política – como escribía Javier Cercas – equivale a la muerte de la política, al menos a la de la política democrática. Por mi parte he escrito con frecuencia, que ésta, la política, consiste precisamente en racionalizar los problemas, para poder resolverlos. Sobre razones se puede discutir, pero no sobre sentimientos.
Recordemos que Marcel Proust observó que: “no se puede sacar racionalmente de una cabeza, aquello que no ha entrado en ella de forma racional”. La izquierda de Onfray y tantos otros, es una izquierda obnubilada por su propio “chauvinismo”, profundamente antieuropeísta, según el cual, la UE buscaría destruir la cultura francesa. Una izquierda que no entiende, o mejor no quiere entender, la evidencia de que una Europa federal, no se construye destruyendo cultura alguna, sino conciliando la diversidad cultural de Europa, con su unidad política.
El proyecto de la Unión Europea, constituye, al menos de momento, el proyecto político más ambicioso del siglo XXI, además del único capaz de preservar la concordia, la prosperidad y la democracia en el continente. En mi modesta opinión, no existe un arte especial de ser español, catalán o francés. Que nadie le diga a otro como debe serlo, que todo dios lo sea como le venga en gana, abrigando los sentimientos que quiera.
Mientras uno pague religiosamente sus impuestos, y respete las reglas del juego, que entre todos nos hemos dado, esas leyes que nos hacen iguales y, al tiempo, nos permiten ser diferentes, el resto es cosa suya. Por cierto, sobra decir que el respeto de las leyes, incluye el derecho a cambiarlas.
Esa es mi personal manera, de entender la ciudadanía democrática, laica y antitribal, desde la cual no pienso buscar ni exigir inquebrantables adhesiones, o no sé que sentimientos o valores supuestamente españoles, catalanes, mallorquines o franceses.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.