Concordar, no oponer
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Con frecuencia la historia nos enseña, entre otras muchas cosas, que aquello que hoy reputamos como nuevo, no lo es tanto.
Nos recordaba el otro día José Andrés Rojo, que en junio de 1812, cuando los franceses estaban a punto, de ser expulsados de España, el abate Marchena publicó en la “Gazeta de Madrid”, un artículo que tituló: “Al gobierno de Cádiz”. Muchas de las observaciones de ese antiguo texto, parecieran escritas para los debates políticos de nuestros días. El político liberal, que como tantos otros, fue descalificado como “afrancesado”, se manifestaba en aquellas páginas, con extremada dureza. Escribía que quienes se afanaban entonces en las Cortes de Cádiz, “no aspiraban a servir al pueblo, sino a ser populares”. Criticaba la falta de ideas de los mismos, y afirmaba que se habían adiestrado “en poner metáforas huecas en campanudos versos, malas locuciones y peores consonantes”.
El gusto por las metáforas huecas y los conceptos vacíos, y la inquietante sospecha de que algunos de los políticos actuales, están sobre todo para subir en las encuestas, más que para ocuparse de los tremendos desafíos derivados de la actual pandemia, a algunos nos trae el aroma de 1812.
La cita de Marchena, la ha recogido José María Ridao en su último ensayo, “República encantada”, en el que se ocupa de tradición, tolerancia y liberalismo en España. Cuenta como una y otra vez, se ha logrado reunir, en torno a un puñado de añejos principios y metáforas huecas, a unos cuantos españoles, dispuestos a aplastar a todo quisque que no piense como ellos, para expulsarlos, excluirlos o eliminarlos. El modelo, lo sabemos, lo ensayaron Isabel y Fernando, cuando exigieron “a sus súbditos cerrar filas en torno a la religión católica, frente al enemigo musulmán”. Llamar “afrancesados” a una parte de los ilustrados españoles, como Marchena, no fue sino otro paso en la misma dirección. Y muchos tenemos aún muy presente, como Franco se aplicó en esa línea, con cuantos entendió que formaban parte de la “anti-España”.
Otro liberal de la época de Cádiz, José María Blanco White, que decidió enfrentarse a las tropas napoleónicas junto a la resistencia, nos dejó escrito: “El problema no consiste en oponer, sino en concordar”. Sería bueno quedarse con esa fórmula, y con lo que Ridao defiende en su libro: entender el liberalismo como procedimiento, no como doctrina, como conjunto de instituciones y de reglas, “cuya legitimidad deriva de un pacto entre ciudadanos, y no de una instancia transcendental”, ya sea ésta Dios, la ciencia, la historia o la nación.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.