Mantener el propio respeto. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
En la primera parte de este escrito, espero que quedara claro, no he tratado de sugerir en ningún momento, que la continua adhesión a un partido y la responsabilidad que se ha de sentir por el mismo, son males necesarios que no debieran, en ningún momento, influir en nuestras decisiones. Tampoco he pretendido dar a entender, que los intereses locales, del propio Estado o de la región, no tengan legítimo derecho ha ser considerados en todo momento.
Al contrario, la lealtad de todo político, está distribuida entre su partido, su Estado, su región, su país y su conciencia. En los problemas del partido predominará, por lo general, su lealtad al mismo. En las disputas regionales, sus responsabilidades guiarán probablemente su conducta. Pero en los problemas nacionales, en cuestiones de conciencia, que constituyen un reto a la lealtad, al partido y a la región, deberán darse con frecuencia, pruebas de valor.
Los ejemplos de las pasiones del electorado, que pueden condenar indebidamente a un hombre de principios, no son argumentos incontestables, contra la más amplia participación posible, en el proceso electoral. La historia de los hombres que hicieron el bien, frente a las crueles calumnias del público, no es un argumento final, de que debiéramos ignorar, en todo momento, los sentimientos de los votantes en asuntos nacionales. Como tan frecuentemente se ha recordado, Winston Churchill dijo: “La democracia es la peor forma de gobierno, con excepción de todas aquellas otras formas, que han sido ensayadas de vez en cuando”. Podemos mejorar nuestros procedimientos democráticos, ampliar nuestro conocimiento de sus problemas, y aumentar nuestro respeto por aquellos hombres íntegros, que encontraron necesario, periódicamente, actuar contra la opinión pública. Pero no podemos resolver los problemas de la independencia y la responsabilidad legislativa, aboliendo o cercenando la democracia.
La democracia significa mucho más que gobierno popular y gobierno de la mayoría, mucho más que un sistema de técnicas políticas, para adular o engañar, a poderosas masas de votantes. La verdadera democracia, que vive crece e inspira, pone su fe en el pueblo, en los votantes: fe en que los ciudadanos no elegirán simplemente, a hombres que representen sus opiniones con aptitud y fidelidad, sino que elegirán, igualmente, a hombres que desarrollen escrupulosamente su criterio, fe en que el pueblo no condenará a aquellos, cuya devoción a los principios, les obligue a adoptar impopulares actitudes, sino que premiará el valor, respetará el honor, y reconocerá la justicia.
Pero esos hombres de valor, no existirán si la nación no conserva como patrimonio, la libertad de expresión y de oposición, sino fomenta los honrados conflictos de opinión, si no alienta la tolerancia, hacia los puntos de vista impopulares. Los cínicos podrán señalar con insistencia, la falta de habilidad para encontrar un final feliz para cada capítulo. Pero el constante éxito en la política, de muchos de los que supieron resistir las presiones de la opinión pública, nos habilita para mantener, a la larga, nuestra fe en el buen juicio del pueblo.
Estos problemas de valor y de conciencia, no conciernen en exclusiva a los políticos. Conciernen por igual, a todos y cada uno de los votantes. Y concierne, más si cabe, a todos aquellos que no votan, a los que no se toman interés en el gobierno, a los que sólo sienten desdén por los políticos y su profesión. Conciernen asimismo, a aquel que se ha quejado siempre, de la corrupción en los altos cargos. A aquel que ha insistido siempre, en que su representante se someta, sin rechistar, a sus deseos. Porque, tengámoslo siempre presente, en una democracia todo ciudadano, sin tener en cuenta su interés en la política, “desempeña un cargo”. Todos y cada uno de nosotros, está en un puesto de responsabilidad; y, en la prueba final, la clase de gobierno que tengamos, depende de como enfrentemos esas responsabilidades. Nosotros, el pueblo, somos el dueño, y tendremos la clase política, buena o mala, que exijamos y merezcamos.
Todos estos problemas, como he dicho, ni siquiera conciernen solamente a la política. El coraje en la vida es a menudo un espectáculo menos dramático, menos visible. Pero no es menos, una magnífica mezcla de triunfo y tragedia. Un hombre hace lo que debe – pese a las consecuencias personales, pese a los peligros y a las presiones – y ésta es la base de toda moral humana. Para ser valeroso, no se requieren cualidades especiales, ni fórmulas mágicas, ni especiales combinaciones de tiempo, lugar y circunstancias. Se trata de una oportunidad que, en general, tarde o temprano se nos ofrece a todos. Cualquiera que sea el campo de lucha en la vida, uno puede hacer frente al reto del coraje, sean cuales sean los sacrificios que haya de arrostrar, si sigue el dictado de su conciencia – la pérdida de amigos, de su fortuna, de su felicidad, y hasta la estima de sus semejantes -, cada hombre ha de decidir por sí mismo, el curso que seguirá.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.