Mantener el propio respeto. I
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Aquello que abandonaron su Estado y su región por el interés nacional – hombres como Daniel Webster y Sam Houston – cuyas ambiciones por alcanzar cargos más elevados no podían ser ocultadas, expusieron abiertamente sus reputaciones, a la acusación de haber procurado únicamente, satisfacer su deseo de ocupar la Presidencia de la nación. Aquellos que rompieron con su partido, para luchar por más altos ideales – hombres como John Quincy Adams y Edmund Ross – hicieron frente a la acusación, de haber aceptado una posición bajo una bandera, de la que desertaron cambiándola por otra, en momentos críticos.
Pero tal vez fue el segundo presidente de EE.UU. John Adams, seguramente tan desinteresado, como inteligente servidor de la Administración, quien se aproximó más a la verdad, cuando escribió en su “Defensa de las Constituciones de EE.UU.”: “No es cierto que haya existido alguien alguna vez, que amara al pueblo más que a si mismo”.
Lo que hicieron algunos grandes políticos, no fue porque “amaran al pueblo mas que a sí mismo”. Justamente al contrario, fue precisamente porque se amaban a si mismo, porque la necesidad de cada uno de ellos, de mantener su propio respeto para consigo mismo, era más importante que su popularidad con los demás; porque su deseo de adquirir o mantener una reputación de integridad y coraje, fue más fuerte que su deseo de mantener su cargo, porque su conciencia, su norma ética personal, su integridad o moralidad – llámesele como se quiera – era más fuerte que las presiones de la pública condenación; porque su fe en que su postura era la mejor, y porque, en última instancia, tenían el convencimiento de que su conducta sería reivindicada, se sobrepuso todo ello a sus temores a las públicas represalias.
Aunque el bien público fue el indirecto beneficiario de sus sacrificios, no fue ese concepto, vago y general, sino su amor propio, lo que les empujó a mantener firme su posición. Cuando el político no desea el bien público, ni se ama a si mismo, o cuando su amor propio está limitado, y se da por satisfecho con las galas del cargo que ocupa, el interés público resulta mal servido. Y cuando su consideración para consigo mismo, es tan alta, que el propio respeto le exige seguir la senda del valor y de la conciencia, todos resultan beneficiados.
Todo esto, en mi opinión, no significa que los políticos valerosos, y los principios por los cuales combaten, estén en todo momento de acuerdo con la verdad (si es que podemos saber, en un momento dado, cual es la verdad). Todo esto y más aún, por supuesto ya ha sido dicho por historiadores y politólogos. Cada uno de nosotros puede decidir por si mismo, los méritos de las actitudes, por los que los grandes hombres lucharon.
Pero ¿acaso es necesario decidir esta cuestión, para poder admirar su valor? ¿Deben los hombres arriesgar conscientemente sus carreras, sólo por principios que una comprensión tardía declarará ser correctos, para que la posteridad pueda honrarles por su valor? Con toda seguridad, especialmente en España, donde no hace tanto, lucharon hermanos contra hermanos, no juzgamos la valentía de un hombre en plena lucha, mediante el examen de la bandera, bajo la cual combatió.
Algunos demostraron su valor, por su inflexible consagración a principios reputados absolutos. Otros lo demostraron por aceptar transacciones, que otros consideraron debilidad, por defender y hacer posible la conciliación, por su disposición a sustituir el conflicto por la cooperación. Seguramente su valor fue de igual calidad, aunque de distinto calibre. El sistema democrático de gobierno, no puede funcionar, si todos los hombres situados en puestos de responsabilidad, abordaran cada problema como lo hizo John Quincy Adams, como un problema de matemáticas superiores, sin tener la mínima consideración, por las necesidades regionales, y por las debilidades humanas. No se trata de justificar la independencia política, por el mero hecho de la independencia en sí, ni la negación a toda posible avenencia, o la excesivamente orgullosa y terca adhesión, a las propias convicciones personales. No va esto de sugerir, que en todas y cada una de las cuestiones, hay un lado justo y un lado injusto, que todos los políticos, excepto aquellos que sean unos auténticos bribones, o unos estúpidos, hallarán el lado justo y se apegarán a él. El primer ministro inglés William Lamb, II Vizconde de Melbourne, al sentirse irritado por las críticas, del entonces joven historiador T.B. Macaulay, manifestó que le gustaría estar tan seguro de algo, como Macaulay parecía estarlo. Y Lincoln dijo: “Hay pocas cosas enteramente malas o enteramente buenas. Casi todo, especialmente en política de gobierno, es un inseparable compuesto de ambas cosas, de manera que continuamente se nos exige nuestro mejor criterio, para discurrir acerca del predominio, de cualquiera de ellas”.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.