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El placer de escuchar


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

En mis tiempos en el Congreso de los Diputados y en el Senado, tuve ocasión de escuchar multitud de intervenciones de oradores, de uno y otro espacio político.

Algunos me pareció que confundían argumentar desde la tribuna, con el hecho de hablar sin parar. Que solían ser los mismos, que confundían hablar de corrido, con hablar corriendo. Otros, en cambio, hablaban tan despacio, que pareciera que les fatigaba su propia habla. Y tenía la sensación de que en cualquier momento, se iban a sentar a descansar entre palabra y palabra.

Manuel Cruz opina, que quienes hablan muy deprisa, pueden transmitirnos dos sensaciones bien diferentes. Una es la de que tienen tantas cosas que decir, que las palabras se convierten para ellos, en una rémora para su pensamiento. Sobre estos, no se me ocurre un mejor ejemplo que Manuel Fraga, al que, aunque me esforzaba en escucharle con atención, no le entendía la mitad de lo que decía. Pero luego están quienes, con su atropellamiento lingüístico, lo que nos transmiten es la sensación, de que les atenaza el horror al vacío, y necesitan llenar, con su incesante parloteo, todo el tiempo que disponen para el uso de la palabra.

También entre los que hablan muy despacio, los hay que con su lentitud en el hablar, intentan hacer llegar a su interlocutor, la Cámara, una sensación de enorme profundidad y poderío. Persiguen que sus pausas en el leguaje, sean percibidas como indicadores, de que el orador no teme lo más mínimo ser contrariado, sino que, por el contrario, con sus silencios invita a que le interrumpan, para dialogar con él en cualquier momento.

Nos contaba también Manuel Cruz, que hace algunos meses, en una entrevista en la televisión pública catalana, un periodista le preguntó si en su experiencia en el Congreso de los Diputados y en el Senado, había llegado a la conclusión, de que ya no hay oradores como los de antes. A lo que respondió que efectivamente, que los estilos oratorios habían cambiado. Y que lo mismo podía decirse de los periodistas que cubren las sesiones de las Cortes. Si hubiera cronistas parlamentarios como los de la Transición (pensemos en Luis Carandell, Víctor Márquez Reviriego, o el propio Miguel Ángel Aguilar) habrían encontrado un filón para sus crónicas, no sólo en la forma de hablar de algunas de sus señorías sino, más importante, en las formas de pensar que transparentan sus palabras.

Recuerdo muy bien, que cuando algún orador, echaba mano del manido “y diré más”, yo me preparaba ya, al inicio de una serie de yuxtaposiciones de elementos del mismo signo, de un empecinamiento en las copulativas, en la mera adición, cosa que suele revelar una importante incapacidad de argumentar.

Estimo que, más que preocuparnos, por la desaparición de estilos oratorios ampulosos, deberíamos inquietarnos por la desaparición de ideas, especialmente en el sector de la derecha de la Cámara. Tal vez lo que debería preocuparnos, es el miedo a la palabra del otro, que algunas actitudes comportan. La incapacidad de quien no alcanza a percibir, el valor de la palabra ajena, de quien no es capaz de apreciar el regalo intelectual, que significa el que el otro, nos haga caer en la cuenta, de que estábamos equivocados.

Quizá seria llegado el momento, de actualizar la exhortación kantiana, a que la humanidad alcance su mayoría de edad, reinterpretando esta última bajo una nueva clave, en la que la palabra del otro tenga cabida. O si preferimos decirlo de otra manera: el día en que todos descubramos el placer de escuchar, nuestro mundo será una fiesta.

Pues eso.

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

 

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