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Mecánica cuántica. Los Cuantos. I


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

“Estoy convencido de que quienes, al oír hablar por primera vez de física cuántica, no se escandalizan, no la han entendido” (Niels Bohr).

“Una nueva verdad científica, no triunfa convenciendo a sus oponentes y haciéndoles ver la luz, sino más bien porque, ésos acaban muriendo y acaban reemplazados por una nueva generación, familiarizada con la nueva verdad”, escribió Max Planck, cerca del final de su larga vida.

Los ojos penetrantes bajo la gran cúpula de su calva” convertían a Max Planck, ataviado con traje oscuro, camisa almidonada blanca y pajarita negra, en el arquetipo de funcionario prusiano, de finales del siglo XIX. Mi máxima siempre ha sido – dijo en cierta ocasión – la de considerar muy atentamente, los pasos que debo dar y no permitir luego, si creo que debo llevarlos a cabo, que nadie me detenga”. Planck no era, pues, hombre que cambiase fácilmente de ideas.

Su aspecto y actitud apenas habían cambiado cuando, a los alumnos de los años veinte, como recuerda uno de ellos, les “parecía inconcebible, que ese hombre hubiera encabezado la revolución”. El revolucionario a su pesar, apenas si podía creer en sí mismo. Se consideraba “pacíficamente inclinado”, huía de “toda aventura dudosa” y, confesaba carecer también, de “la capacidad de reaccionar rápidamente, a la estimulación intelectual”. Por más, no obstante, que necesitase varios años para reconciliar las nuevas ideas, con su profundo conservadurismo, fue Planck quien, en diciembre de 1900 (fecha en la que muchos fijan el inició de la física cuántica) a los 42 años, puso en marcha, sin darse cuenta de ello, la revolución cuántica, al descubrir la ecuación que rige, la distribución de radiación emitida por un “cuerpo negro” (cuerpo ideal que absorbe completamente la radiación electromagnética de cualquier longitud de onda)

Todos los objetos, cuando está lo suficientemente calientes, irradian una combinación de luz y calor, cuya intensidad y color varían, en función de la temperatura. La punta de un atizador de hierro dejado en el fuego, empieza a resplandecer con un rojo apagado, apenas visible. A medida que la temperatura aumenta, ese color pasa al cereza y al naranja-amarillento brillante, hasta llegar, finalmente, a un blanco azulado. Cuando lo retiramos de la chimenea, sin embargo, el atizador se enfría, atravesando, en sentido contrario, ese mismo espectro de colores.

Fue un joven Isaac Newton de 23 años quien, en 1666, demostró que un haz de luz blanca, está compuesto de hebras luminosas de diferentes colores y, que basta con hacerle atravesar un prisma, para descomponerlo y, poner de manifiesto, las siete franjas diferentes que lo componen (rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta). Hubo que espera a 1800, para aclarar si los extremos, rojo y violeta, representaban los límites del espectro luminoso, o los del ojo humano. Sólo entonces, con el descubrimiento de termómetros de mercurio, lo suficientemente sensibles y precisos, el astrónomo William Herschel descubrió, colocando un termómetro en las diferentes bandas de colores, que conforman el espectro luminoso, que su temperatura aumentaba, desde violeta hasta rojo. Pero su sorpresa aumento cuando, dejando accidentalmente el termómetro, unos centímetros más allá, de la región correspondiente a la luz roja, Herschel acabó detectando, lo que más tarde se llamó radiación infrarroja que, pese a resultar invisible al ojo humano, seguía irradiando calor, Y, un año más tarde, Johann Ritter, sirviéndose del oscurecimiento del nitrato de plata, cuando se ve expuesto a la luz, descubrió, más allá del violeta, otra región de luz invisible, en el extremo opuesto del espectro, la llamada radiación ultravioleta.

Pues eso.

(Continuará.)

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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