El populismo y la moral
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
¿Qué pasaría si intelectuales y políticos actuaran como generadores de consenso, renunciando a operar en el debate público, como algoritmos polarizadores? se preguntaba el otro día Máriam Martínez-Basuñán.
Recuerdo que el filósofo Julien Benda, llamaba a esa especie de renuncia “La traición de los clérigos”, un abandono consciente, que convertiría a las voces que intervenimos en el mundo, con nuestras modestas opiniones, en claudicadoras a favor de los dioses tribales, como la nación, la etnia o la cultura. Hoy, me parece, dicha renuncia tiene mucho que ver, con el abandono de la prudencia política como metodología, como medio de intervenir en el espacio público, y con su sustitución por el ordenado e inmutable mundo de la moral.
Pocas veces, pocos reparamos, en como articulamos posiciones inamovibles, desde nuestras convicciones, sin concesiones, obviando las consecuencias, que nuestra visión moral pueda tener, sobre el orden político. Proporcionamos herramientas retóricas, cerrando en falso el círculo del lenguaje de la negociación o la transacción. Lo importante es que la realidad, se ajuste a nuestro molde moral y, si no es así, peor para el mundo. Convertidos en clérigos moralizantes, alimentamos lo que el teórico Rafael del Águila (no hace mucho que hablé de él) llamaba “política de sectas”, en la que la norma es agradar a la secta, golpeando a los que están fuera de ella. “Vende el desafío y un cierto sentido aristocratizante, de minorías en riesgo de desaparecer”. En cierta forma, es el mundo de la intelectualidad, tan responsable como el político, del desplazamiento de la argumentación política por la moral, olvidando el carácter dilemático de la verdad (releer a Habermas) y la necesaria conciliación de intereses contrapuestos, que define las democracias.
Pensemos, por ejemplo, en el permanente juego maniqueo, entre fascismo y democracia o, incluso, en la negación de la discrepancia o el matiz, en muchos asuntos relacionados con el género. “Los españoles de bien” o “la España real”, la retórica de la autenticidad, aquello que, por lo visto, define la verdadera condición del “ser español”, sobre la base de un discurso moral, no político, que combina identidad, nación, autenticidad y pertenencia.
Erigirse en bastión de la moral, es la esencia del populismo. La política como sabemos, es un sistema de conflictos, y entender la naturaleza de los mismos, constituye el reto del gobernante. El populismo pretende sustituir las ideas o proyectos, por un mundo ordenado moralmente, en torno a opuestos excluyentes: el buen pueblo, frente a las élites corruptas, el auténtico húngaro frente a los inmigrantes, los buenos españoles frente a los malos. Lo vimos, no hace tanto, durante el “procés”, con aquella máxima incomestible de Carmen Forcadell: “El Gobierno español, amenaza a la buena gente de su propio Estado”. Una retórica en la cual la justicia, el bien común, la moral y la potenciación de la comunidad política, eran encarnadas por una República catalana, donde se sobreponían sin matices, conflictos o tensiones.
Llevar la política al plano moral, no solo demoniza al adversario. Desde la moralización, no hay transacción alguna que valga, ningún acuerdo es posible. Si la respuesta al triunfo político de Ayuso en Madrid, es llamarla “adolescente”; si la crítica al presidente Sánchez, es decir que es “mala persona”, por cesar a quienes le ayudaron a afianzar su poder, no estamos esgrimiendo razones políticas algunas. Situando el debate, en el terreno pantanoso de la bondad y la maldad, desplazamos el necesario combate de ideas, proyectos y valores, hacia una lucha entre el bien y el mal, es decir, al campo de la moral. Al encarnar el bien en el combate contra el mal, todo se justifica.
Que el bien justifique los medios, es una peligrosa simplificación, pues es justamente la política democrática, quien establece los límites de esa justificación. Es una pérdida irreparable, que se prefiera la descalificación moral, a los argumentos sobre la responsabilidad, sobre las decisiones dudosas o sobre los dilemas, que implican sacrificios y líneas rojas, en nuestro hacer político.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.