“La carga del hombre blanco”
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
El 11 de septiembre del 2001 vi en directo, mientras comía, el ataque contras las Torres Gemelas de Nueva York. Me quedé perplejo durante un buen rato. Mi perplejidad aumentó cuando EE.UU. invadió Afganistán. Yo ya había leído bastante, sobre las dos guerras anglo-afganas, de la segunda mitad del siglo XIX. Los americanos se metían en Afganistán, pero ¿para qué? ¿Era para acabar con Bin Laden y machacar Al Qaeda? ¿O para sustituir el régimen talibán, y fomentar la construcción de un país a imagen de Occidente.
Rafael Vilasanjuan, que estuvo en persona en Afganistán, poco antes de los atentados en Nueva York, nos informa de cómo pudo comprobar “in situ”, que los afganos no temían tanto a su propio gobierno, el de los talibanes, como a la incertidumbre, de la que Occidente pudiera pensar en “salvarlos”. “Si no votamos al presidente americano ¿por qué él pude decidir nuestro futuro, en igual medida que nuestros mulás?” El dilema cuestionaba la presencia occidental y el despliegue de miles de soldados, así como la legitimidad de una intervención militar.
Yo no soy un pacifista incondicional. Y el “buenísimo” me preocupa siempre. Pero leyendo bastante sobre historia, especialmente Contemporánea, que es mi especialidad, me atrevo a sostener, que las guerras que con frecuencia llamamos “justas”, y las intervenciones militares, que se “pretenden humanitarias”, han sido casi siempre un estrepitoso fracaso. Miremos donde miremos, las guerras declaradas en defensa de unos valores, pretendidamente universales, han acabado en desastre. Somalia, por ejemplo, lleva 40 años en el limbo, tras una invasión justificada por razones humanitarias. Irak es hoy un espectro de país, deshecho y dividido en clanes enfrentados. Libia sigue una senda parecida, incapaz de liberarse de la tensión sectaria, que desgarra sus ciudades… ¿Qué tienen en común esos ejemplos? El fracaso de la mirada blanca. Una actitud de supuesta superioridad, capaz de imponer el bien por la fuerza.
Algo así como el racismo o la dominación de género, lo que ha ocurrido una vez más en Afganistán, no es más que un nuevo error, producido por esa sensación falsa de superioridad, para establecer jerarquías y creernos “salvadores”. Occidente no tiene rival, para iniciar guerras y derribar gobiernos enemigos. Puede generar la ilusión, de convertir un país en un subproducto occidental. Pero siempre incapaces luego de reconstruirlo, como en Afganistán, esa ilusión dura, lo que una golosina a la puerta de un colegio.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.
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