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Romanticismo: El Yo y el Gran Pueblo


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

La mayoría de mis amigos/as, ya saben bien, que yo no soy ningún admirador del Romanticismo, y de las consecuencias que trajo con él. Me pongo en guardia inmediatamente, cundo contemplo a algún político, mucho más si detenta un cargo ejecutivo, afrontando los problemas, cabalgando sobre sentimientos y emociones. Soy de los antiguos, que aún piensan que los problemas del mundo, hay que afrontarlos con la fría, y con frecuencia antipática, razón.

Nos recordaba el otro día José Andrés Rojo, que el romanticismo es una vieja historia, que ocurrió hace más de 200 años, pero que sus arrebatos siguen estando ahí, alimentando también, el espíritu del siglo XXI. Hay una frase de Novalis, que en mi opinión, resume muy bien aquel proyecto: “Lo que quiero, lo puedo. En el hombre nada es imposible”. Esa frase, ese gesto de radical afirmación, sirvió para destruir cualquier corsé, y fue la llama que encendió grandes pasiones, y que alimentó el afán de aventurarse, por zonas oscuras y peligrosas.

El filósofo Rüdiger Safranski, pone una fecha concreta, para situar los inicios de esa corriente, que cambió profundamente a Europa, y que la condujo, tanto al paraíso como al infierno. El 17 de mayo de 1769, Johann Gottfried Herder abandona Riga, y emprende un viaje por barco hacia Francia. Quiere abandonar lo firme, para precipitarse el el oleaje tumultuoso del mar, dinamitar sus certezas, abrirse a nuevas experiencias, ampliar horizontes.

Contaba también Patricio Pron (escritor y crítico literario argentino) que este pasado septiembre, se inauguró en Fráncfort el Museo Alemán del Romanticismo, que reúne, en 1.600 metros, todo cuanto sirve para ilustrar, aquel tumultuoso movimiento, y que no evita abordar, sus zonas más inquietantes, “como el chovinismo y el antisemitismo, de algunas de sus principales figuras”. Curiosa historia: los primeros que le dieron alas al individuo, para que se asomara a todos los abismos, celebraron la libertad que llegó con la Revolución Francesa, e incluso admiraron el genio de Napoleón. Pero los que tomaron la bandera del romanticismo, un poco después, cambiaron drásticamente de posición, apuntaron a otro sitio, enfilaron hacia otros derroteros.

El Sacro Imperio Romano Germánico sucumbió en 1806, ante el atronador avance de las tropas napoleónicas. Fue entonces, cuando empezó a desarrollarse la idea de Alemania, como “nación cultural” y, frente a la reivindicación de la igualdad, que venía de Francia, la afirmación de las singularidades propias. El filósofo Johann Gottlieb Fichte encarnó ese giro, y fue el que, en los discursos que dirigió a la nación alemana en 1807 y 1808, hizo de la patria “el auténtico sujeto de la libertad”, explicaba Safranski. Se produjo, así, un sutil cambio: de la defensa de ese yo, que iba a encontrar por sí mismo “lo que pienso, aprendo y creo”, a la manera de Herder, se pasó a la glorificación del gran yo del pueblo (alemán). Miraron hacia atrás, hacia la Edad Media, reforzaron la religión, y se aplicaron a la construcción de un puñado de mitos, que los consagraron como distintos a los demás.

Por las venas de nuestro siglo XXI, corre aún, menos mal, la sangre ilustrada, y el afán de gobernar los asuntos del mundo, con la razón. Pero también fluye la romántica, con su radical afirmación, de los sentimientos y las emociones, y la autonomía del individuo. Y mucho ojo con su querencia también, por las identidades nacionalistas: en la historia es fácil, encontrar los terribles episodios a que condujeron, esa exaltación del yo del gran pueblo.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

 

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