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Los científicos y el mundo


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Parafraseando a Pascal, podríamos hoy decir: la ciencia genera razones, que el poder no entiende. Pero la frase original del matemático y teólogo francés (“el corazón tiene razones que la razón no entiende”) nos recuerda Javier Sampedro, era un bodrio, porque las razones del corazón a las que se refería Pascal, estaban inspiradas por la gracia divina y la fe cristiana, dos fuentes de dudosa solvencia.

Pero la ciencia, sí genera razones, que el poder, a veces, parece no entender, al menos en función de lo que estos días estamos viendo, en el terreno de la pandemia. El sueño de los epidemiológicos, parece ser el de que todos nos quedemos en casa, que no viajemos, que no celebremos reuniones familiares en Navidad. Hay razones sólidas para ello. El resultado de las decisiones que tomemos en esas fiestas, se medirá en enfermedad y fallecimientos, en enero o febrero.

Puede que la idea de que la ciencia, pueda intervenir en el poder, siempre que la decisión última esté nítidamente en manos de la política, nos parezca una idea innovadora en estos tiempos, pero hunde sus raíces en Francis Bacon y Galileo y, por tanto, en los mismísimos orígenes de la ciencia moderna. Este es el tema central, del último libro (del que he leído una recensión) del filósofo Robert Crease, “Los científicos y el mundo; lo que diez pensadores nos enseñan, sobre la autoridad de la ciencia”.

El mero concepto, de que la ciencia forme parte de la estructura de poder de un país, que aún hoy parece exótico, parecía simplemente una extravagancia, en tiempos de Bacon, Galileo y Descartes. Ríos de tinta han corrido, para rechazar – muy propiamente me parece - las tecnocracias, unos Estados de pesadilla, en los que rigen las doctrinas económicas (recordemos la dictadura de Pinochet) por encima de las buenas o malas decisiones políticas. Y en mis tiempos se decía, que los economistas éramos excelentes, prediciendo los fenómenos del pasado.

Galileo no sólo destaca como uno de los padres de la ciencia, sino también como un bocazas. Hoy superado por los tertulianos de la tele. Estaba convencido, por ejemplo, de que su estrategia matemática para entender el mundo, tenía tanta autoridad como la mismísima Biblia. Cuando los “guardianas de la moral”, le replicaban citando las Escrituras, el genio italiano se revolvía como un perfecto jabalí herido, y se liaba a insultar a sus adversarios. Acabó en la cárcel, y gracias a Dios, porque la mayoría de los teólogos, quería mandarlo directamente a la hoguera. Pero, eso sí, jamás dejó de defender que la ciencia, debía ser una fuente de autoridad.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

 

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