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Moore. La edad había desgastado la pasión


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Creo que el filósofo George Edward Moore, al menos fuera del reino Unido, es poco conocido. Pero a mí me gustas. Y quizá, en estos días de posverdades y populismos, no sería mala idea leer o releer a Moore y, su defensa del “sentido común”.

En su excelente autobiografía, Bertrand Russell cuenta una anécdota sobre Moore, con la que me siento muy identificado. Escribe Russell (traduzco del francés): “Uno de los entretenimientos preferidos de todos los amigos de Moore, estribaba en contemplarlo a la hora de preparar su pipa. Encendía una cerilla, e inmediatamente seguía con una discusión, hasta que la cerilla le quemaba los dedos. Entonces encendía otra y, así sucesivamente, hasta acabar la caja de cerillas. Esta práctica le fue indudablemente saludable, al asegurarle algunos momentos en los que no fumaba”. Moore es un clásico de la filosofía contemporánea, pero aunque su prosa ha sido justamente celebrada, por su simplicidad y lucidez, su lectura no es fácil ni muy amena. Y es que los filósofos no escriben, de ordinario, con la intención de servir de pasatiempo a sus semejantes, aunque muchos de ellos lo consigan incluso, sin proponérselo.

Leonard Woolf, nos cuenta, que Moore y Desmond MacCarthy, fueron a pasar un fin de semana, con él y Virginia. Que fue la última vez que vio a Moore y, que Desmond y Moore juntos, el uno hablando y hablando y, el otro silencioso en su sillón, era, inextricablemente, una parte de su juventud, de la fascinante exaltación de sentir la vida, abierta y ante uno. Podía cerrar los ojos – continúa Leonard – y “creer” que retrocedía a 1903, en la habitación de Moore en los claustros del Trinity. Con los ojos abiertos, éramos más viejos. Personalmente, o había envejecido, o había nacido ya viejo, puesto que siempre he tenido la mayor dificultad, en sentirme más viejo. Mi “Yo”, esta partícula que nadie, excepto la muerte, destruye, me parece exactamente la misma, que la del estudiante en la habitación de Moore, en el Trinity, en el hombre más que maduro que hoy ya soy, incluso en el hombre deslucido, estropeado por el uso, que está escribiendo estas líneas. Es fácil sentir el envaramiento en nuestras rodillas y, es sin duda un error, considerar que nos sentimos lo mismo en nuestro corazón y en nuestro cerebro.

Moore tenía unos años más que nosotros – recuerda Leonard – pero la extraordinaria pureza y belleza de su carácter y de su mente, estaban todavía allí: la extraña mezcla de inocencia y de sabiduría. La pureza, moral y mental, era lo más remarcable, de las cualidades de Moore. Nunca he encontrado nada semejante, en otro ser humano. Era como si Sócrates y Aristóteles - ¿acaso el rey Thor de los vikingos es eso? – hubieran crecido confusamente barajados, en la misma mente y cuerpo. Bertrand Russell, en el segundo volumen de su magnífica “Autobiografía”, habla de otro filósofo de Cambridge, Wittgenstein, diciendo: “Era tal vez el más perfecto ejemplo de genio, como se concibe tradicionalmente: apasionado, profundo, intenso y dominador. Tenía un tipo de pureza, que nunca he visto igualada, excepto por G. E. Moore”. Había una vena de crueldad agresiva en Wittgenstein. En una ocasión, lo vi comportarse con tal brutal mala educación con Lydia Keynes, durante una comida, cuando yo pasaba (Leonard) unos días en casa de Maynard, que ella rompió a llorar.

Moore tenía la pasión, la profundidad, la intensidad y la pureza, pero parecía no tener en absoluto, crueldad y agresividad. La edad había gastado la pasión y, había suavizado la intensidad. También se había llevado, parte de la belleza de su faz. Me contó – continúa Leonard – que pocos días antes de visitarnos, había sufrido una extraña y alarmante, pérdida de memoria y, creía que esto le había marcado. Pero la pureza luminosa de su mente y espíritu, seguía en él a los 76 años, exactamente como 40 años antes, cuando lo vi, por primera vez, en el Trinity.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

 

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