Voltaire. La Religión. VII
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Hasta que la idea de considerar, al los grandes Padres de la Iglesia como santos, no ha desparecido de nuestro espíritu, no hemos tenido la libertad de apreciar, los servicios que hicieron como hombres de Estado. Y sólo cuando los hombres, han dejado de disputar si el cristianismo era una “revelación” y, han tenido ojos para ver qué servicios ha hecho como “sistema”. Pero en tiempos de Voltaire, si el cristianismo estaba históricamente justificado, era dogmáticamente creído y, por eso, había de ser históricamente atacado.
La moderna justicia histórica que se hace al catolicismo – según John Morley – es debida a una serie de convicciones: que la civilización es un estructura, que el hombre, por sus propia manos ha edificado; que ha estado expuesta a los ultrajes, de muchas épocas borrascosas y violentas y, a múltiples influencias que han ido, perpetuamente, destruyendo fragmentos del gran edificio, añadiendo nuevas partes, modificando las viejas, por una interminable sucesión de cambios; que el peligro de la destrucción nunca fue tan terrible, como en los días de la disolución, de la antigua sociedad romana; que de esta prolongada crisis surgió la Iglesia cristiana, primero por su organización y, por la destreza de algunos de sus jefes; luego por la atracción de las leyendas, que armonizaban con la necesidades de una época ignorante, tenebrosa y estremecida de terror; que los muchos artículos de fe, bárbaros y absurdos, intercalados en el cristianismo por los sofistas de Oriente, recibieron, de tiempo en tiempo, modificaciones humanas, de manos de los sabios eclesiásticos del Occidente, cuyo juicio práctico, fue perpetuamente suavizando, las crudas, salvajes y tenebrosas doctrinas, que habían surgido naturalmente, en el lúgubre siglo en el que el sistema católico tomó substancia y forma.
Un justo reconocimiento de todas estas cosas, sólo es fácil a uno que confía en la humanidad muy moderamente, que comprende cuán tardía y difícil, es la realización de cada pequeño progreso, dentro del largo proceso y, cuan útiles son hasta las simples creencias de las épocas más rudas, para transformar a los hombres, de animales vagabundos, en seres dotados de una conciencia de las relaciones comunes, establecidas hacia algún objeto de adoración común y, sembrar los primeros gérmenes, de la consolidación y el progreso social.
Voltaire estaba, por las circunstancias en las que se había colocado, demasiado ocupado en probar el origen puramente humano del catolicismo, como para mantener el espíritu independiente, al examinar cuanto ha hecho el cristianismo, por todos aquellos que lo han aceptado. Hasta que él y otros, despojaron la religión vulgar, de sus pretensiones sobrenaturales, era imposible a pensador alguno, que se niegue a dar el segundo paso, antes de se haya dado el primero, examinar los actos de esta religión, como de una fuerza puramente temporal. Pues si las exigencias sobrenaturales del catolicismo, tienen buen fundamento, el método histórico debe estudiarlo, o como una frívola diversión, o como una grave y perjudicial herejía.
Voltaire había educado su espíritu muy a fondo y, la conclusión a que llegó en “esta cuestión”, por razones convenientes o inconvenientes, fue uno de los agentes que más influencia tuvieron, en preparar los espíritus de los hombres, para la construcción y recepción, de una filosofía histórica, más profunda de lo que estaba a su alcance. Que no viese las deducciones, que podían sacarse de su obra, es una limitación de visión, que tiene de común con la mayoría de los hombres, a quienes les ha tocado en suerte, trastornar los antiguos sistemas y, allanar el terreno en que habían de edificar, las nuevas generaciones.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.