Voltaire. La Religión. VI
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Uno de los biógrafos de Voltaire, John Morley, afirma que es necesario admitir, desde el punto de vista de la crítica imparcial, que Voltaire tenía un defecto de carácter, de capital importancia, en un impulsor de semejante ataque directo, a la iglesia y a la religión: con todo su entusiasmo por las cosas nobles y sublimes, generosas y compasivas, erró al apreciar la emoción propia de la santidad, alma y vida de las palabras de Cristo y de San Pablo, ese secreto del gran predominio de la superstición mística, sobre tantas naturalezas elevadas, por otra parte siempre dispuestas, a recibir la claridad del día de la razón.
Admirar a Voltaire, gritaba un hombre que lo detestaba, es el signo de un corazón corrompido y, si cualquiera se siente arrastrado hacia sus obras, ese esté seguro de que Dios no le ama. Pero la verdad se reduce a esto: que Voltaire no dijo ni una palabra, ni presentó una directa apreciación, de cualquier palabra dicho por otro, que excite o dilate la susceptibilidad emocional, el júbilo indefinido y, la armonía innata, que De Maistre (Joseph-Marie, conde de Maistre, teórico político y filósofo saboyano, máximo representante del pensamiento reaccionario, opuesto a las ideas de la Ilustración tardía y la Revolución francesa) y otros, han considerado como el amor de Dios y, para la cual, el mejor es el de “santidad”, profunda palabra que no admite definición.
Voltaire no tenía oídos, para las más hermosas vibraciones, de la voz espiritual. Pero esto no tuvo relación, con el hecho de que odiase y depreciase e incitase, a que otros sí odiasen y despreciasen las formas religiosas, que gobernaban Francia en su época. El cristianismo que él atacaba, estaba tan poco afectado, como el propio volterianismo, de ese espíritu de santidad, que se esparcía en torno de las vidas y palabras de los dos fundadores: el gran maestro y el gran apóstol.
El punto donde la falta de esa cualidad en Voltaire, era esencialmente una causa de debilidad para su ataque, se encuentra en la claudicación de su imaginación histórica y, la incapacidad en que, por esto, tuvo para concebir el verdadero significado y, los más secretos orígenes, de la leyenda católica. La época que le separaba del politeísmo del Imperio, era un desierto árido para él y para toda su escuela; como lo fue para el protestantismo, en el intervalo entre los apóstoles y Lutero. Sólo vio un pueblo embrutecido y encadenado, por un clero astuto; sólo escuchó la inacabable repetición, de recuerdos que eran artificiales y, dogmas que esparcían un velo de oscuridad, sobre el entendimiento.
Los hombres le hablaban, de los apacibles rayos de la caridad cristiana y, donde se los indicaban, él sólo vio el amarillo fulgor de la hoguera; le hablaban del suave consuelo de la fe cristiana y, sólo escuchó los chillidos agudos, de miles y decenas de millares, de hombres a quienes los fieles perseguidores cristianos, habían atormentado, estrangulado, ahorcado, quemado y ajusticiado. A través del vaho de la sangre inocente, que los cristianos había derramado, en obsequio a su creencia, en cada región del mundo ignoto, sangre de judíos, moros, indios y, todos los vastos holocaustos, de los pueblos y sectas heréticas de la Europa oriental y occidental, sólo vio lúgubres espacios de oscuridad intelectual y, sólo escuchó el zumbido de los doctores, mientras repartían, a las congregaciones de hombres que deseaban con avidez, el sustento espiritual, la escoria de la superstición teológica.
Esta vehemente y ciega antipatía, nació, en parte, de la fuerza intensa con la que el catolicismo, es su aspecto dominante, anulaba todo lo que le parecía peor, e interpretaba todo lo que era mejor, en la primera parte de su historia. No puede uno esperar, que el hombre que está, bajo la presión de un decrépito tirano, haga en absoluto justicia a las buenas acciones y, graciosa promesas de la juventud, de quien lo atormenta. Pero en parte también está la ceguera, derivada del hecho de que Voltaire, midiese las hazañas del catolicismo, por la magnitud de sus pretensiones.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.