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Algunas cuestiones sobre el nacimiento de los partidos socialistas


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Las experiencias de la Primera Internacional, la Comuna y, en cierta medida, de los movimientos cantonalistas en la España de la Primera República, podrían interpretarse, en principio, como favorables a la corriente anarquista o bakunista en el movimiento obrero internacional. Pero, fracasaron, y eso debe tenerse en cuenta para entender que la alternativa marxista pudiera comenzar a despegar en Europa.

En primer lugar, la disciplina de los marxistas ayudó de forma evidente para controlar el gobierno del internacionalismo. Además, esos fracasos aludidos, especialmente el de la Comuna, sirvieron para que los socialistas criticasen la supuesta falta de organización y disciplina del primer gobierno obrero de la historia, compuesto por una diversidad de corrientes en la izquierda, abogando por una mayor disciplina. Esa diversidad se relacionaría también con las constantes querellas y disputas en el seno del anarquismo. Para empeorar su situación los gobiernos ya en la década de los años setenta comenzar a desarrollar una intensa política represiva contra todo tipo de activismo anarquista.

Los marxistas optaron por una estrategia, tanto de unidad, como hemos indicado, como de serenidad con el fin, precisamente, de poner en marcha organizaciones estables. El socialismo marxista siempre consideró como un valor casi sagrado la formación, consolidación y protección de la organización, tanto de sindicatos, como de partidos. De ese modo, empezaron a formarse cuadros y estructuras que terminaron por desembocar en la formación de partidos y sindicatos a partir de la segunda mitad de la década de los setenta. Los partidos comenzaron siendo pequeños, con la excepción alemana, y hasta perseguidos, o surgieron en la clandestinidad, como es el caso español. Pero su disciplina sirvió para que se consolidasen y para crecer, con una estrategia propia frente a las fuerzas republicanas, radicales o progresistas, pero también frente a los anarquistas. En algunos países su crecimiento fue más potente que en otros, atendiendo a las distintas características socioeconómicas, es decir, según el grado de desarrollo económico en plena Segunda Revolución Industrial, y de la fuerza del anarquismo. Pero al comenzar el siglo XX los partidos socialistas constituían fuerzas políticas muy potentes en los países occidentales europeos.

Efectivamente, los partidos socialistas se convirtieron en agentes y elementos claves en muchos estados y sistemas políticos. Pero también es cierto que vivieron, y eso es casi paradigmático en el caso alemán, una tensión interna, o más bien una contradicción intrínseca. Por un lado, mantuvieron una ideología y unos objetivos claramente revolucionarios, es decir, de radical transformación del sistema capitalista, pero, por otra parte, renunciaron a la Revolución y a la violencia que solía acompañar a a misma, por la participación plena en las instituciones representativas de unos Estados liberales que, con distintos ritmos, se estaban democratizando, es decir, en los poderes locales, regionales y en los parlamentos nacionales. Los partidos socialistas terminaron por canalizar gran parte del descontento social, a través del juego político, lo que supuso un evidente proceso de integración social, al contrario de lo que propugnaba el movimiento obrero anarquista.

 

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 

 

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