El Informe de Jaime Vera para la Comisión de Reformas Sociales. La condición de los obreros
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Textos Obreros
Uno de los documentos más destacados del socialismo español es el informe que Jaime Vera redactó por encargo de la Agrupación Socialista Madrileña para presentar a la Comisión de Reformas Sociales, y que lleva por título El Partido Socialista Obrero ante la Comisión de Reformas Sociales, que se remitió en 1884. Nosotros queremos recuperar este texto y comentarlo por su dimensión histórica. Hemos empleado la edición cuarta del año 1928, que publicó la Gráfica Socialista.
Al ser creada la Comisión de Reformas Sociales en el año 1883, su presidente se dirigió a las sociedades obreras madrileñas y a la Agrupación Socialista de Madrid para pedirlas que informaran sobre las necesidades de “la clase trabajadora y las relaciones entre el capital y el trabajo”. El Comité de la Agrupación decidió remitir un escrito a dicha información abierta, encargando el informe a Jaime Vera, el primer intelectual, realmente, del Partido.
Pues bien, en la primera entrega del 26 de diciembre en este medio de El Obrero estudiamos las razones por las cuales pensaba Vera que había que realizar el Informe. Continuamos con el análisis del texto en relación con la condición de los obreros.
Los socialistas no decían que los obreros eran parias en la sociedad moderna. Para señalar su estado lastimoso no era necesaria dicha calificación, bastaba con llamarles proletarios o trabajadores. En el momento presente denominarse trabajador quería decir estar sujeto a las más duras tribulaciones humanas, mientras que no ser trabajador significaba gozar de lo superfluo.
Es verdad que no se les llamaba parias a los trabajadores, pero los obreros estaban supeditados económica y políticamente a la clase poseedora, que la libertad no se había conquistado para él, que estaba muy presente la estratificación de las clases, y que la clase trabajadora estaría debajo sufriendo a la clase poseyente. Podía afirmarse que había cambiado la forma de las relaciones entre la clase poseedora y la clase que luchaba por la existencia, pero, en el fondo subsistían esas relaciones por el hecho de que una parte de la sociedad se alzaba con el dominio que le daba el trabajo ajeno.
Al igual que el esclavo y el siervo se hallaban supeditados económica y políticamente, lo estaba el trabajador. El obrero presente también eran esclavo o siervo, pero a los que se les envolvía de una “ilusión de libertad”. Así, si el esclavo era una propiedad, y el siervo un usufructo, el obrero no tendría más representación social que la de una mercancía, que solamente podía subsistir vendiéndose a diario hasta su muerte.
Sería, además, una mercancía en depreciación constante. Los obreros que no encontraban compradores de su fuerza de trabajo eran arrojados al hambre. Y se exigía de esa masa obrera que sobraba, de esa mercancía que nadie necesitaba, que desapareciera sin convulsiones ni lamentos. A los obreros que disentían de este estado de cosas los poderes, sin emplear muchas palabras, les hacían comprender por medio de la fuerza que el obrero podía vivir mientras fuese mercancía necesaria, pero que cuando sobraba, su papel era desaparecer.
Todo esto lo exigía la economía burguesa, el equilibrio social, el derecho de los poseedores del capital, porque no se podía suponer que el Estado obligase a los capitalistas a comprar una mercancía que ya no necesitaban o sufragar sus gastos. No había problema porque siempre había esta mercancía, es decir, la fuerza de trabajo, porque por sí misma se reproducía.
Pero también había una dependencia política. La igualdad aparecía en el derecho, pero no existía de hecho. No podían ser iguales en lo político los que no se hallaban en las mismas condiciones en lo económico. Los obreros, dominados económicamente por la clase poseedora, no podían hacer efectivos sus derechos teóricamente reconocidos. El patrón solamente contaba, en el “excedente copioso de obreros” con los que le al mismo tiempo que le vendían su fuerza de trabajo lo hacían con su acción política.
Vera afirmaba que sería un gran beneficio para el obrero el constante reconocimiento por las leyes de los derechos individuales para que pudiera ejercitarlos en provecho de su emancipación, pero también era evidente que la desigualdad, que el estado de dependencia política de la clase trabajadora solamente desaparecería cuando cesase la dependencia económica.
La supeditación política de la clase trabajadora existía si sus derechos no eran reconocidos, porque no lo eran porque su ejercicio solamente era posible por excepción en la práctica.
Por otro lado, no se podía aducir como dependencia social del trabajador su “estado relativo de ignorancia”. Eso era confundir lo que era efecto y lo que era la causa. La incultura de la clase obrera dependía de la supeditación económica. Muchos eran ignorantes porque eran obreros. La distribución de los hombres en clases no se producía por aptitudes mentales.
Así pues, la clase trabajadora se encontraría dominada económica y políticamente por la clase poseedora. De esta doble supeditación, en la etapa del “salariado”, dependían todos los males de los obreros, y de ese estado nacería el “insalvable antagonismo” entre trabajadores y burgueses, y de ese estado dependían también los “temerosos peligros del capital” que pretenderían conjurar con la iniciativa de la Comisión de Reformas Sociales.
Vera, en consecuencia, se preguntaba si la Comisión y el poder político “burgués” pretendían destruir o modificar ese estado, la doble dependencia, abolir el “salariado” o preparar su abolición. Estaba claro que no.
Seguiremos con el texto de Vera.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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