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Contra la frivolidad, democracia


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Los sociólogos definen la época actual como propia de sociedades en tiempos de devastación. Tal era el titular que encabezaba el XXVI Congreso de Sociología celebrado días atrás en Valdepeñas. Por devastación cabe entender tres de sus dimensiones, a saber: las pandemias, las catástrofes medioambientales y las guerras. Los tres estigmas han fortalecido la acción del Estado, por cuanto que ninguna institución privada ha sabido domeñar las dos primeras y, en cuanto a la tercera, la interlocución interestatal será obligada para procurarnos la paz anhelada. La defensa acometida desde el Estado, en su dimensión gubernamental, para encarar la última pandemia, así como para mitigar los efectos de las catástrofes en la escena climática y ambiental, son dos garantías que acreditan la importancia, recrecida, de la institución estatal, así como la de su utilidad pública.

Pero el Estado que necesitamos ahora debe transformarse y reencontrarse con la democracia pues, en tiempos cercanos, la distancia entre uno y otra se hizo demasiado patente. Ha sido la frivolidad del discurso neoliberal extremo la que ha hecho al capitalismo financiero, tras impregnarlo todo, perder todo interés por la democracia, dañando de esta manera la legitimidad del Estado. Con su arrogante avidez, ha sometido a los Estados a la tarea de trasegar, privatizando, bienes y servicios públicos, degradar la fiscalidad, rescatar grandes emporios bancarios, orillar a la mayoría social e inyectar en las prácticas políticas un individualismo letal que predica el “sálvese quien pueda” para afrontar todo tipo de crisis. Reducir a la inexistencia la dimensión social de la vida ha sido su propósito.

Abandonado el ímpetu emancipador y anti-absolutista del arranque del liberalismo en el siglo XIX, hoy ya no resulta extraño asistir a la insólita coyunda ideológica y política de su versión ultra-liberal con el ideario de partidos filofascistas: dos sierpes tóxicas que envenenan la vida social. Solo los esfuerzos conjuntados de Gobiernos de izquierda, socialdemócratas o social-comunistas, con aliados provistos de una común concepción social de los fines y tareas del Estado, han podido poner cierto coto a esta sumisión buscada de lo público a lo privatizado, del igualitarismo a la egolatría, de la solidaridad a la impostura. Y todo ello tan dañino para los intereses de la mayoría social. Ojalá las concepciones de la actividad estatal como servicio público, de entraña social, prendieran en las actuales filas de la derecha, señaladamente la española.

Al recordar a Epicuro, el gran filósofo, nos sale al paso su frase rebosante de humanidad: “vacío ha de ser todo discurso filosófico que no tienda a combatir el sufrimiento humano”. Por ello, la Sociología debe analizar los dolorosos efectos sociales y políticos de la ecuación que sienta al banquete del expolio frívolo de la riqueza y de los servicios sociales, como la sanidad y la educación, a neoliberales, neoconservadores y extremistas reaccionarios, cuya conjunción tanto ha espoleado la devastación imperante en nuestras sociedades en forma de desconcierto, desánimo y desolación. Los tres estigmas sobrevienen juntos y permiten contemplar cómo los códigos de la conducta política democrática son despreciados cuando no sojuzgados y vituperados, por actitudes insultantes, tenazmente agresivas y chulescas que observamos contra la democracia y la convivencia desde el odio de quienes se niegan a aceptar la voz de las mayorías.

La frívola e insidiosa actitud de la presidenta de la Comunidad de Madrid y de sus medios afines, ante más de medio millón de personas que pregonaban pacíficamente en las calles de la ciudad su deseo de una sanidad pública democrática y desprivatizada, es toda una muestra del menosprecio que anida en quienes, como ella, aplican bebedizos tóxicos a las demandas sociales de sentido común y de racionalidad a la hora de gestionar la salud de todos. Resultaría oportuno probar o desmentir si existe una relación directa entre la nómina de medios de comunicación que reciben copiosa publicidad institucional del Gobierno regional y el contenido de los mensajes con los que tratan la expresión de la voz del pueblo en la calle contra tanta impostura e incompetencia.

¿Qué nos dice la Sociología hoy? Nos dice que buena parte de la tribulación resultante de esta degradación de la democracia procede de la incertidumbre inducida por aquellos exponentes frívolos que intencionadamente se mofan de los sentimientos y las convicciones de las mayorías sociales. Lo más grave no es lo incierto en sí, sino que las expectativas que atribuimos a su desenlace cursan siempre, siempre, en clave intencionalmente catastrófica. Tanta frivolidad irresponsable ha esparcido un pesimismo desolador, pesimismo que nos desarma y lleva a las gentes a desconfiar de la política en su conjunto, cuando la desconfianza la generan solo determinadas conductas políticas. Se trata de que abandonemos la lucha política democrática. ¿Por qué no damos la vuelta a ese resultado supuestamente previsto y nos atrevemos a pensar que el desenlace de esta y otras crisis e incertidumbres puede implicar un salto, una oportunidad hacia un mundo mejor? ¿Han de acaparar el voto de los que sufren, quienes causan, a diario, ese mismo sufrimiento?

El deterioro de la relación entre el Estado y la democracia obedece también, entre otras múltiples causas, a la indefensión de la ciudadanía ante la avalancha de mentira inducida desde los poderes y medios controlados por la frivolidad, la incultura y la irresponsabilidad. Tres características que concurren en determinados personajes de la escena política madrileña. Si desde los planos municipal y regional que, como el gubernamental, también son Estado, se nos impide fiscalizar la acción de sus poderes, toda nuestra energía deberá enfocar su esfuerzo en la defensa cerrada de la democracia y en la denuncia de quienes la agreden.

Así pues, la tarea prioritaria de nuestro tiempo presente consiste en recobrar las cuotas de democracia hasta ahora perdidas y bombearlas hacia las prácticas municipales, regionales y estatales. Si lo logramos, será un tesoro común, punto de arranque de una igualdad de partida, desde la cual, cada persona, comunidad o sociedad, pese a las distintas posiciones y cuotas de poder y conocimiento del que dispongan, puedan prosperar, crecer y vivir.

Atajar la devastación causada, también aquí y ahora, por la frivolidad de polític@s antidemócratas sin rastro de empatía hacia quienes sufren los efectos de la enfermedad, es una meta social y política que vale la pena asumir y por la que vale la pena luchar. Está en nuestras manos. Tomemos partido por esta justa causa. Y recordemos al pensador estadounidense Barrington Moore junior cuando decía: “la simpatía hacia las víctimas de los procesos históricos y el escepticismo ante las demandas de los poderosos, son la mejor salvaguarda contra las engañosas mitologías dominantes”.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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